No suelo escuchar mucha música. Hace unos años sí lo hacía, pero en los últimos tiempos la música fue poco a poco desapareciendo de mi vida -en casa ando siempre liada, mis trayectos diarios son relativamente cortos (y en coche, y es un tostón andar poniendo y quitando el frontal extraíble de la radio), en el trabajo prefiero (o prefería, como ya se verá más adelante) enterarme de lo que pasa a mi alrededor en lugar de aislarme con los auriculares y ahora viajo mucho menos que hace unos años (por suerte, porque la mayoría de esos viajes se debían a que
Contradictorio y yo vivíamos en ciudades distintas; pero ahora ya no)-. Estos cambios (y otras circunstancias) me mantuvieron alejada de la
fiebre iPod. Nunca quise tener uno porque, básicamente, no escuchaba música.
Pero todo eso cambió hace unos meses. Por un lado, me aficioné a
Spotify, y lo conecto en casa casi cada vez que enciendo el ordenador. Por otro, la creciente hostilidad (y en ocasiones
estupidez) de mi entorno laboral me animó a refugiarme en la música (eso sí, sin dejar de producir como una campeona), con lo que además consigo que ciertos individuos indeseables me molesten sólo cuando tienen que hacerlo (aunque he descubierto que para eso basta con tener los auriculares en la oreja, estén conectados a algo o no). Por último, la rebaja del precio de los
iPod shuffle y su incremento de capacidad (yo tenía bastante con dos gb) hizo que me plantease comprarme uno. Pero en realidad yo lo que quería era un Touch, evidentemente no sólo para escuchar música, así que decidí posponer mi hipotética compra hasta que el táctil bajase un poco más de precio, y me olvidé del tema.
Hace un par de semanas, mientras hacía una de las encuestas que me envían los de
Nicequest y con las que se van sumando puntos canjeables por regalos, me dio por comprobar en qué podía gastarlos. Y me encontré con que habían añadido a su lista los Shuffle de dos y cuatro gb. Para el de cuatro no tenía puntos suficientes, pero sí para el de dos, así que no dudé en pedir que me mandasen uno negro.
Una semana después, tal como habían anunciado, el cartero me trajo el iPod. Cuando escuché su moto, me acerqué a la ventana para ver si nos traía un paquete. Y así era, pero no nos llamó para entregárnoslo. Comprobó que no entraba en el buzón y, sin pensárselo, lo lanzó a la entrada. El paquete describió una suntuosa parábola en el aire por encima de la verja y aterrizó en el suelo. Por suerte era un Shuffle y venía empaquetado con uno de esos
embalajes indestructibles a prueba de carteros lanzapaquetes (TM), así que llegó en perfecto estado:
Una vez comprobado que no se había desintegrado, decidí sacarlo de la caja. Me costó un buen rato. Para futuros lanzamientos, sugiero a los de Apple que incluyan un gráfico de cómo narices sacarlo de ahí. Eso sí, pongan el gráfico por fuera, porque si no sería poco útil.