jueves, 31 de mayo de 2007
Nueve meses
No, no voy a hablar de Lost, pero me he encontrado esta foto y tenía que aprovecharla. ¿Que por qué no voy a hablar de Lost? Pues porque casi todo el mundo ha opinado ya sobre la espléndida finale, seguramente mejor de lo que lo podría hacer yo, y porque todavía, una semana después, sigo en pleno shock post-Lost, porque no puedo soportar la idea de sentir durante nueve meses este vacío y, sobre todo, porque no puedo creer que vayan a estar tres años más luchando por salir de la isla sólo para querer desesperadamente volver.
miércoles, 30 de mayo de 2007
Criminales y criminalistas

Hace ya algún tiempo escuché en un programa de radio que los policías estadounidenses se quejaban de que la profusión de series centradas en el mundo de los criminalistas (con la madre moderna de todas ellas, CSI, a la cabeza) estaba complicando su trabajo, porque proporcionaban a los criminales claves que hasta entonces sólo ellos conocían y les facilitaban pistas para borrar sus rastros. Por eso el criminal más escurridizo es aquel que ha estado primero al otro lado de la ley.
Esta tarde, camino del trabajo, he visto a una señora en un banco leyendo un libro (una de mis manías es fijarme en los libros que lee la gente con la que me cruzo), y el ejemplar en cuestión era Telón, la penúltima novela que publicó Agatha Christie, escrita muchos años antes y guardada en la caja fuerte de un banco hasta que la escritora decidió que ya no escribiría más y que había llegado el momento de que saliese a la luz. ¿Y por qué tanta precaución? Porque era la despedida de su personaje más ilustre, Hércules Poirot.
Tras decenas de aventuras resueltas con éxito por Poirot, un verano llegó a mis manos Telón, en la que el investigador, ajado, con peluquín (incluso con bigote postizo), postrado en una silla de ruedas y al borde de la muerte, convoca a su viejo amigo Hastings a la mansión en la que resolvieron su primer caso para que detenga a un peligroso asesino que está a punto de acabar con la vida de uno de los huéspedes de la casa.
[atención: spoilers sobre el final de la novela (quién me iba a decir a mí que la primera vez que utilizaría una advertencia como ésta iba a ser para hablar sobre una novela de Agatha Christie)]
lunes, 28 de mayo de 2007
Libros y televisión

Hace unos días, la escritora Rosa Regás, directora de la Biblioteca Nacional, culpó a las televisiones de la ausencia de programas de libros en el prime time televisivo, ya que, a su juicio, los programadores son los responsables de no haber acertado con un formato adecuado.
Dejando a un lado mi escaso aprecio por esta señora y su cuestionable gestión al frente de la institución que dirige, sí es cierto que la literatura es una de las asignaturas pendientes de la pequeña pantalla, como lo es la cultura en general (no hay más que recordar los bailes en la parrilla de Miradas 2, relegado ahora a la madrugada, al igual que el imprescindible Antonio Gasset y sus Días de cine), aunque no creo que la responsabilidad sea exclusiva de los programadores.
Es cierto que la crítica literaria suele ser aburrida, sobre todo si los sabios se parapetan en elevadas tribunas (o atriles, como en el caso de Sánchez Dragó), pero hay mejores formas de acercar la literatura a los espectadores más allá del mero análisis página a página al que se somete a unos autores a los que, salvo contados casos de vanidad patológica, poco les apetece hablar pormenorizadamente de sus obras.
Pero es posible hacer un programa ameno sobre libros, y buena prueba de ello la tenemos en el programa El público lee de Canal Sur, conducido por Jesús Vigorra, que se sienta a una mesa junto a un escritor y a un grupo de lectores que, desde su percepción, mucho más cercana a lo cotidiano que la de los ampulosos críticos, comentan con el autor sus impresiones.
Quizás sea éste un buen medio de acercar la literatura a los espectadores, porque seguro que hay (o al menos debería haberlo) sitio en una parrilla cada vez más llena de canales un huequecito para hablar de algo más que corazón, sucesos, realitys y crispación política.
Election day
Hoy es día de elecciones (o lo ha sido, porque a estas horas las papeletas están ya más que contadas) en los ayuntamientos y la mayoría de las comunidades españolas. Las cercanías de los colegios electorales se han llenado de familias enteras que han acudido a (como dicen los informativos) ejercer su derecho al voto y, de paso, a tomar luego unas cervecitas. Es un día raro, un domingo atípico, sobre todo en los periódicos (supongo que también en las radios y televisiones, pero, lógicamente, hablo de lo que conozco). Para quien no esté familiarizado con las redacciones de los periódicos (hablo de los generalistas), los domingos, salvo por los componentes de las secciones de Deportes, son unos lugares casi fantasmas. Del bullicio cotidiano se pasa a apenas un par de tipos; del ruido de los teclados (sí, también hacen ruido) y de las conversaciones a voces se pasa a un silencio pesado, ominoso, que hace aún más desagradable trabajar los domingos.
Pero hoy era un día especial. Todo el mundo estaba allí, preguntando por el porcentaje de votos de los independientes escindidos de no se qué partido, fabulando sobre la posibilidad de pactos entre unos y otros y, en definitiva, dando un poco de vida a un sitio que presupone que los fines de semana no pasa nunca nada y que los lectores tampoco esperan encontrar en las páginas que de allí salen algo interesante que leer.
Entre conversación y conversación, mientras una compañera recitaba como una letanía los concejales obtenidos por cada una de las fuerzas políticas, me acordé, como me ocurre en tantas otras ocasiones, de una de mis series favoritas, una que debería ser obligatoria no sólo en las escuelas de periodismo y artes audiovisuales, sino también en aquellas que forman a los políticos: El ala oeste de la Casa Blanca.
Ya dedicaré más adelante, espero, más tiempo a hablar de la obra maestra de Aaron Sorkin, basada en el día a día del presidente de los Estados Unidos y de su grupo de colaboradores más cercanos, que también tienen que afrontar unas elecciones, a las que precede un debate electoral para el que el presidente se prepara a conciencia ante la atenta mirada de su Director de Comunicaciones, Toby Ziegler, un tipo huraño que exige a cuantos le rodean, incluido el presidente, la perfección.
Como todos conocen su carácter, sus compañeros se apuestan diez dólares a que son capaces de sacarle de quicio (y lo logran), y él decide vengarse en la jornada electoral jugando con lo complicado que es al parecer (no conozco en profundidad el sistema) votar al candidato al que deseas votar. Así que Toby introduce en el colegio al que debe ir a votar Josh Lyman a diversos señuelos que acuden a él para que les confirme que lo han hecho bien aunque, claro está, todos han votado al rival del presidente, para desesperación de Josh, a punto de desfallecer hasta que uno de ellos le dice que tiene un recado para él de parte del señor Ziegler: “Diez dólares”.
viernes, 25 de mayo de 2007
Feliz cumpleaños

Supongo que nacer el mismo día que se estrena La guerra de las galaxias es un acontecimiento capaz de marcar a cualquiera, aunque se trate del estreno en tu país, no del mundial, y no conozcas el dato hasta décadas después.
El hombre con el que comparto mis días me regaló este blog hace más de un año para que hablásemos de otra de las pasiones que compartimos, los libros, pero las ocupaciones, la desidia y, en confianza, la eterna duda de sobre qué escribir lo han mantenido deshabitado, cogiendo polvo todos estos meses.
Después de tanto tiempo, la verdad es que no sé por qué hoy he cogido el plumero para quitarle las pelusas, y tampoco puedo explicar la paradoja de que mis primeras palabras aquí nada tengan que ver con los libros, pero, en el día en que millones de personas celebran por todo el mundo el trigésimo aniversario de La guerra de las galaxias (aunque a los cines españoles no llegase hasta el 7 de noviembre del 77), quería desde aquí felicitarlos, felicitarnos a todos por esas tres décadas de sueños y emociones que nacieron en las páginas amarillas del cuaderno de un joven director.
Aunque en mi caso el hechizo vino de la mano de la (inocente e infantil, al menos al principio) pasión por Indiana Jones, no puse demasiada resistencia a dejarme arrastrar por la fiebre galáctica, convertida ya en epidemia años más tarde alentada por los amigos a los que conocí en la facultad (uno de ellos, el tipo al que me refería más arriba).
No sé a ciencia cierta qué fue lo que me decidió a hacerme periodista, pero sí sé que las ganas de contar historias y hablar a los demás de las cosas que me hacían vibrar fue uno de los factores determinantes. Ahora, unos años después, y aunque mi ocupación actual me ha alejado un poco de mis objetivos iniciales, no me arrepiento de ninguno de los caminos tomados, ni del profesional, ni del personal, en el que se incluye la sincera convicción de que mi vida sería hoy muy diferente (y mucho peor) si las vicisitudes de la familia Skywalker no hubieran salido nunca de aquellas páginas amarillas.

