sábado, 30 de junio de 2007

Hora de cambiar

[spoilers sobre el final de la tercera temporada de 'House']

Ya sé que se ha hablado en otros muchos sitios sobre el sorprendente final de la tercera temporada de House, pero yo no lo he visto hasta esta misma tarde y, aunque por culpa de mi a veces insana curiosidad ya sabía lo que pasaba, me ha dejado un poco helada.

Que las series cambien a algunos de sus personajes (e incluso que cambien el actor pero no al personaje) es algo bastante habitual. Las series no dejan de ser contratos a largo plazo de los que a veces los actores se cansan y que abandonan para no volver (como Rob Lowe, que dejó El ala oeste para pegarse el batacazo con un proyecto propio, o el reciente caso de James Caan, que será sustituido por Tom Selleck al frente del Montecito de Las Vegas) o simplemente para tomarse un descanso (como William Petersen, que dejó en el limbo a Grissom durante unas semanas, en las que ocupó su puesto al frente del laboratorio Liev Schreiber).

Casos como el del sexteto protagonista de Friends, que permaneció inalterable (con sus plantes para conseguir aumentos salariales incluidos) durante diez años, o la misma El ala oeste, que salvo la fuga de Lowe (y los engullidos por el agujero negro que se tragó a Mandy) conservó a su elenco siete años, no son habituales.

Pero lo que no es tan normal es que tres de los personajes principales desaparezcan de un plumazo de los títulos de crédito. A la marcha de Foreman, anunciada varias semanas antes, se unen en el último episodio de esta tanda el inesperado y extraño despido de Chase ("es hora de cambiar", le dice House) y la no menos extraña renuncia de Cameron.

La cosa tiene su truquillo. Los tres actores han firmado para la próxima temporada, lo que indica que seguirán merodeando por los pasillos del hospital, aunque ya no a las órdenes de House, al que en otoño le espera un nuevo equipo de jóvenes e ilusionados doctores que tendrán que ponerse pronto al día.

La maniobra tal vez sea una respuesta de los guionistas a las críticas de falta de originalidad, sorpresa o emoción en una serie que gira casi por completo en torno a su carismático protagonista, por mucho que el peso dramático de Cuddy y Wilson haya crecido considerablemente en esta última etapa.

Teniendo en cuenta que la audiencia de la serie crece temporada tras temporada, tanto en EEUU como en el resto de mercados, quizás lo único que buscan sus creadores es darle carne fresca a su depredador para jugar...

viernes, 29 de junio de 2007

Computer says no

No a todo el mundo le gustan los cambios, las sorpresas, los sustos. Hay muchos que rehúyen todo sobresalto cuando se sientan ante el televisor y prefieren series apacibles que semana tras semana siguen exactamente el mismo patrón, sin apenas variaciones, pero también sin margen para la decepción. Los adictos a los giros drásticos de guión son también capaces de disfrutar con las series normales, aunque se enfrentan a ellas buscando guiños, detalles, sobre todo si afectan a la vida privada de unos personajes que a menudo se nos presentan parapetados tras sus batas de médicos o científicos. Sin embargo, los alérgicos a los cambios no buscan esos matices, ni disfrutan cuando el patrón se rompe para abordar otras propuestas narrativas.

En esa repetición, por llamarla de alguna forma, reside una de las claves de una de las series más fantásticamente absurdas que he visto en los últimos años, Little Britain, una sucesión de sketches protagonizados por un puñado de personajes que, semana tras semana, se comportan exactamente de la misma forma (aunque a veces hay alguna sorpresa...). Y, aunque parezca extraño, ahí es precisamente donde está la gracia. Bueno, ahí y en las decenas de personajes que interpretan el dúo compuesto por Matt Lucas y David Walliams (no, no es un error, se escribe así).

Versión televisiva de un exitoso programa de radio, Little Britain, emitida por la BBC, tiene hasta la fecha solamente tres temporadas (al estilo inglés, es decir, menos de una decena de capítulos por año). La oferta de la HBO para que hagan una versión norteamericana podría suponer la despedida de la televisión británica de personajes como Daffyd (“the only gay in the village”); el falso paralítico Andy (“Yeah I know”) que tiene a su servicio al bondadoso y cándido Lou; Sebastian (perdidamente enamorado del Primer Ministro al que encarna Anthony Head, el Giles de Buffy); la espléndida Bubbles DeVere; la poco complaciente agente de viajes (“Computer says no”) Carol; la antipática Marjorie; el exigente Mr. Mann, que cada semana visita la tienda de Roy (que cada semana vende cosas diferentes) en busca de objetos tan peregrinos como un cuadro con un caballo decepcionado (no enfadado o triste, sino decepcionado), o la imprevisible e indescriptible Anne ("eh eh eh").

A la espera de ver cómo demonios son capaces de trasladar Lucas y Walliams a EEUU el espíritu Little Britain, en España la emite ahora Canal+ (creo que reponen sin cesar los capítulos, aunque hace tiempo que le perdí la pista), por suerte en versión original subtitulada, dos ingredientes esenciales (la VO y los subtítulos) para poder apreciar (a según qué personaje no hay narices de entenderlo) una locura que se mantiene orgullosamente al margen de cualquier sombra de corrección política (y muchas veces también del sentido común).

miércoles, 27 de junio de 2007

Buscando trabajo

La noticia saltó el pasado viernes y en unas horas había recorrido toda la Red. Andreu Buenafuente abandonaba Antena 3. Mikel Lejarza, director general de televisión de la cadena de Planeta, ya había adelantado que el humorista catalán estaba pensando en "cambiar de proyecto" a causa de la lenta pero imparable bajada de la audiencia de su programa. Lejarza apuntaba que barajaban cambiar el horario del show o incluso dejarlo en una sola emisión a la semana.

Estas declaraciones, publicadas ese mismo viernes, las hizo a Francisco Gallardo, responsable de televisión del Diario de Cádiz (la hemeroteca de su web no va demasiado bien y no he podido rescatar el enlace) y, por extensión, de los ocho periódicos del Grupo Joly, con sus respectivas ediciones digitales (algo que seguramente Lejarza no sabía, si no no habría hablado tan alegremente del futuro de Buenafuente).

El caso es que pocas horas después Antena 3 y la productora del showman, El Terrat, emitían un comunicado conjunto en el que confirmaban que ésta será la última semana de Buenafuente en Antena 3.

Esta noche, Andreu ha comenzado el programa rellenando un currículum para buscar trabajo. Esperemos verle pronto de vuelta, ya sea en la Sexta o en el vídeo comunitario.

lunes, 25 de junio de 2007

Elegí un mal día para dejar de fumar

Así empieza la escalada hacia el pánico de McCroskey (Lloyd Bridges). Primero es el tabaco, después la bebida, luego los tranquilizantes y, por último, oler pegamento. Aunque en el original ("Looks like I picked the wrong week to quit smoking") no se refiere a "día", sino a "semana", pocas veces se encuentra una versión tan acertada de una frase ya clásica, como clásica es también la película a la que pertenece.

Aterriza como puedas, Airplane! en el original, fue el debut como realizadores de ese trío de gamberros (David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker) a los que la industria bautizó como ZAZ y que establecieron el canon de la comedia paródica contemporánea (spoof) con un puñado de locuras encabezadas por la ya citada Aterriza como puedas, Top secret, Por favor, maten a mi mujer y las series Agárralo como puedas y Hot shots.

Abrahams y los Zucker, amigos desde la infancia y compañeros de Universidad después, crearon el grupo de teatro Kentucky Fried Theatre, del que nacería su primer trabajo para el cine, The Kentucky Fried Movie, dirigido por John Landis.

Tras la satisfactoria experiencia, decidieron poner en marcha su primer proyecto como directores, una parodia del cine de catástrofes, tan en boga a finales de los 70, y como referente tomaron la cinta Zero Hour!, basada en una novela de Arthur Hailey (el de Aeropuerto) y protagonizada por Dana Andrews en el papel del teniente Ted Stryker. La acción del filme comienza cuando los pilotos y parte del pasaje de un vuelo comercial sufren una intoxicación alimentaria. Entonces los miembros de la tripulación que aún conservan la salud buscan a algún pasajero capaz de pilotar el avión (¿os suena?).

Por supuesto, la versión es más una gamberrada que un homenaje, perpetrada por un reparto encabezado por una de las parejas más sosas jamás vistas en la pantalla (Robert Hays y Julie Hagerty), por suerte secundados por un excelente plantel de actores que seguía la costumbre de las superproducciones catastróficas de la época.

Entre el reparto (al que se añadiría en su secuela otro ilustre, William Shatner), destacan Leslie Nielsen en su primer papel cómico, Robert Stack (el Elliot Ness televisivo, que aquí parodiaba su papel en la película The High and the Mighty), Lloyd Bridges (que hacía otro tanto con su personaje de la serie San Francisco International Airport), Peter Graves (Misión imposible), Kareem Abdul-Jabbar y Stephen Stucker (Johnny, ese excéntrico individuo que deambula en torno a McCroskey).

Una de las marcas de la casa del trío ZAZ, aparte de las numerosas referencias a otras cintas, el absurdo como leit motiv de la trama o los dobles (o triples) sentidos, es la presencia de multitud de detalles, chistes y guiños que es imposible pillar a la primera, sobre todo si, como en mi caso, se ve en la infancia y no se le ve la gracia a frases como "¿has estado alguna vez en una prisión turca?", aunque la verdad es que aquella primera vez ya me reí a carcajadas.

La película, que incluye chistes hasta en sus títulos de crédito (por ejemplo un individuo como "responsable en general de un montón de cosas" o Charles Dickens, acreditado como autor de Historia de dos ciudades) e incluso después (con el taxi que deja al protagonista en el aeropuerto aún esperando el regreso de Ted), se rodó en sólo 34 días, con un presupuesto ínfimo que obligó a cubrir el cupo de extras con los tres directores, sus amigos y su familia, pero a pesar de ello fue todo un éxito que abrió las puertas a una segunda parte y llevó a los ZAZ a probar suerte en la televisión, con una serie que sólo duró seis episodios, Police Squad! (Escuadrón de policía), en la que Leslie Nielsen encarnaba a un torpe inspector de policía llamado Frank Drebin que se convertiría en casi un icono gracias a la trilogía Agárralo como puedas (The Naked Gun).

sábado, 23 de junio de 2007

Una huelga dolorosa

No fue dolorosa sólo para el sector, en el que todavía hoy, 14 años después, se habla de ella sotto voce, sino también para los espectadores. La huelga que los actores de doblaje llevaron a cabo en 1993 para mejorar las condiciones laborales de un colectivo que sigue sin tener el reconocimiento que merece afectó a un buen número de producciones (sobre todo, claro está, norteamericanas) que se estrenaron entre el verano y el otoño (no he podido precisar las fechas ni la duración de la protesta) de ese año y que, para desgracia de muchos, no han sido dobladas de nuevo en los años posteriores.

De la huelga de los principales profesionales del gremio ni siquiera se libró el gran bombazo del año, Parque Jurásico, en la que, salvo sir Richard Attenborough, el resto de actores (con todo el respeto para quienes los doblaron) tienen voces poco apropiadas (especialmente en el caso de los dos niños).

No fue la primera entrega de la serie de los dinosaurios la única afectada. En la lista de agraviadas también figuran El fugitivo, En la línea de fuego (al parecer Constantino Romero también fue a la huelga y dejó a Clint Eastwood desamparado), Máximo riesgo, El último gran héroe, La tapadera (que aparecerá en el próximo capítulo de traducciones desafortunadas de títulos de películas), Dave, presidente por un día, Hot shots 2, Sol naciente y Sliver (aquel pestiño con la Charito del que pongo foto porque no he encontrado ninguna decente de las demás y que, además, nadie sabe por qué, vi en el cine), entre otras muchas. No todas ellas son grandes películas (varias de ellas ni siquiera son dignas), pero creo que merecían algo mejor.

El debate entre versión original subtitulada y doblaje es interminable, y probablemente no se llegue nunca a un acuerdo. La mejor solución sería que cada espectador decidiese cómo quiere ver una película o una serie, pero la verdad es que hay mucha gente en este país que no tiene esa opción (y que ni siquiera tiene la posibilidad de ver en los cines de su ciudad la mayoría de películas que se estrenan, ni de ver por televisión lo que otros sí podemos ver), así que toda esa gente, que, además, está en su perfecto derecho de ver lo que quiera sin tener que leer (como lo ha hecho toda su vida, porque el doblaje en España no es ni mucho menos algo reciente), también tiene derecho a un doblaje digno, con voces adecuadas a los actores originales (y, a ser posible, estables) y con diálogos que respeten, en la medida de lo posible, los originales.

viernes, 22 de junio de 2007

Vale, me rindo

Todo el que me conoce sabe, como también lo sabe el que haya pasado por aquí, de mis reticencias (por decirlo de un modo suave) ante la vuelta del hombre del sombrero al cine. Lo he dicho una y mil veces. No quiero que vuelva, no necesito una cuarta entrega, como no la necesita una trilogía casi perfecta (¿qué le falta para ser perfecta? Creo que nada, pero por si acaso...). Pues bien, hoy he visto esto:

Es la primera foto oficial (hecha además por Spielberg) del doctor Jones (gracias a la comunidad española del héroe podéis verla más grande aquí, para apreciar mejor, entre otras cosas, esa mirada que tanto echaba de menos).

¿Qué queréis que os diga? Me rindo. He dicho muchas veces que no me imaginaba al Harrison Ford de ahora vestido de Indiana Jones, y que si me chirriaba la imagen ya nadie podría convencerme de que me lo iba a pasar bien cuando fuera a ver la peli.

Pues bien, me convence, y mucho. Aparte de que la fotografía me ha levantado el ánimo en una tediosa jornada laboral que pone fin a una semana horrible (que para colmo empezó el sábado pasado) en la que apenas he tenido tiempo, y mucho menos ánimo, para pensar en algo interesante sobre lo que escribir, sirve para disipar algunas (no todas) de las dudas (más bien temores) con las que me plantaré en el cine el 22 de mayo del año que viene. Espero no equivocarme...

martes, 19 de junio de 2007

Los tormentos de Dante

Dos conversaciones recientes (una sobre la Divina Comedia en sí y otra sobre iconografía relacionada con el infierno) me han recordado a Dante y, como siempre que pienso en él, viene a mi mente uno de mis cuadros favoritos, pintado en 1465 por Domenico di Michelino y que decora una de las paredes de la monumental Catedral de la ciudad natal del escritor, Florencia.

En el centro del cuadro, que me fascina desde la primera vez que lo vi en directo hace ya 14 años (suspiro), aparece Dante, con una copia de su obra en la mano. A la izquierda del espectador aparecen algunas de las miles de atormentadas almas que pueblan los cantos de la Comedia. Al fondo, las terrazas del Purgatorio y, a la derecha, despuntan la cúpula del Duomo y la torre del Palazzo Vecchio, ocultos tras una muralla que recuerda el exilio que sufrió el autor, condenado a abandonar la ciudad que tanto amaba y a la que ya nunca volvería.

Como sería largo (y sobre todo, presuntuoso), analizar un monumento como la Divina Comedia, me voy a limitar a recordar la numerosa y poderosa colección de imágenes (ya casi iconos) que diversos autores (sobre todo Gustavo Doré), al abrigo de los escenarios descritos por Dante, han dejado para solaz de los amantes del arte y estupor de los niños, a los que cualquier escena del Infierno asustaría mucho más que hombres del saco y otros come-churumbeles. Esta de la izquierda es una de ellas, que muestra, creo recordar, la pena a la que se enfrentan los simoníacos (quienes compran o venden sacramentos o beneficios eclesiásticos), que son enterrados cabeza abajo mientras eternas llamas lamen las plantas de sus maltrechos pies.

La Comedia de Dante también me recuerda una entretenidísima novela que leí hace un tiempo, El club Dante, de Matthew Pearl, protagonizada por un grupo de eruditos (en el que se incluyen los escritores, reales, Oliver Wendell Holmes, Henry Wadsworth Longfellow y James Russell Lowell), miembros de la sociedad que da título al libro, que deben investigar una serie de horrendos crímenes cuyo autor imita los tormentos que Dante imaginó para los pecadores.

lunes, 18 de junio de 2007

Tan cruel como patético

Las palabras no son mías, sino de mi novio, pero definen a la perfección este ¿texto? ¿artículo? titulado El frikismo, una nueva forma de vida, publicado en algo (¿una revista? ¿un panfleto?) llamado Escaparate de Sevilla. El texto en cuestión, que aparece bajo el epígrafe Peinetas y lunares, está firmado por una tal Sara Gallardo, e incluye una foto de la autora que no desentona para nada con su epígrafe.

Ya en Resistance is futile, sitio en el que hemos descubierto tan impresionante pieza, se dice de él que es algo que "se descalifica por sí mismo y que nadie debería haber sacado a la luz, un artículo realmente triste y patético", y en Escribosikiero su autor lleva a cabo una divertida reescritura que consiste, básicamente, en cambiar las palabras necesarias para, en lugar de atacar a los frikis, dirigirse a los embrujados por la mal llamada prensa rosa (en los comentarios a esa entrada, un paciente colaborador se ha entretenido en enumerar los errores, y son muchísimos, gramaticales y ortográficos de la ínclita Sara Gallardo, a la que me niego a llamar periodista, no me importa que tenga o no título).

La señora Gallardo define a los frikis como "locos, pringaos, adictos a las cosas más extravagantes, extrañas e inútiles", "altos, delgaduchos, con el pelo grasiento, más bien largo", tienen el "acné" como rasgo más común y definitorio (como "un cráter andante"), "comunistas-republicanos", "en contra de cualquier inclinación religiosa", constituyen un "siniestro grupo" liderado por "ultrafrikis o, según la jerga friki, los geeks", inventan "cosas chorras que para nada valen" y "sólo estuvieron cerca del agua cuando se bautizaron", entre otras lindezas.

No creo que sea necesario comentar esto. Bastante tiempo he perdido ya en transcribir (sin errores, o eso espero) sus barbaridades.

Para endulzar un poco tanta acritud, aquí dejo una maravilla creada por una de esas siniestras criaturas que reúne todos los acontecimientos ocurridos en la isla de Perdidos en torno al accidente del avión.

sábado, 16 de junio de 2007

Devuélvanle su voz al presidente

[atención: spoilers sobre la quinta temporada de 'El ala oeste']

Ayer preestrenaron en AXN el primer episodio de la sexta temporada de El ala oeste de la Casa Blanca (la serie terminó en USA hace un año y ahora emiten un aperitivo, en un canal de pago, de su penúltima etapa, que tampoco ha sido editada aquí en DVD, así que supongo que aún queda bastante para que podamos ver, en canales ajenos al p2p, su desenlace) y, aunque tengo todavía a medias la quinta, me puse a ver el episodio (un deporte de riesgo, lo sé, pero se me habían acabado los subtítulos de Studio 60 y tenía mono de Sorkin).

El caso es que ya con el previously me quedé atónita. Al parecer, a Donna la mandan a Gaza (¡!) para que acompañe a una expedición del Congreso que se supone va a mediar por la paz o algo así. En el grupo va también el almirante Fitzwallace. En su excursión por Oriente Próximo, el convoy sufre un ataque en el que mueren dos congresistas y Fitzwallace y además Donna resulta herida de gravedad. Al margen de todo esto hay una supercompleja operación puesta en marcha por el presidente para que palestinos e israelíes alcancen una paz definitiva.

El episodio en sí se desarrolla básicamente en torno a las dos tramas mencionadas. Por un lado, Donna. Josh está con ella, en el hospital donde ha sido ingresada (donde la someten a una operación tras otra), junto a un irlandés llamado Colin que, francamente, no tengo ni idea de quién es. Ésta es la carita que tiene el pobre Lyman durante todo el episodio.

Mientras, en Washington, todo el mundo parece haberse vuelto loco. El presidente y Leo andan todo el día a la greña, hay un mal rollo general entre todos y encima está por allí Locke, vestido de general, tratando de convencer a todos de que la mejor respuesta al ataque contra los congresistas americanos es bombardear a discreción toda la zona, Irán incluido.

Por si fuera poco el caos (ya he dicho que tengo la temporada anterior a la mitad, pero ¿qué demonios ha pasado para que esté todo el mundo tan desquiciado?), a Bartlet le han cambiado la voz.

Ya sé que las series (y las películas) hay que verlas en la versión original, que el doblaje mutila una obra audiovisual y todo eso, pero qué quieren que les diga, yo El ala oeste la he visto siempre doblada. He intentado verla en versión original pero, aparte de que sus vertiginosos diálogos convierten en una tarea hercúlea (al menos para mí) procesar todo lo que leo y los escasos fotogramas que me da tiempo a ver, estoy acostumbrada a verles con sus voces españolas, y me chirrían algunas de las originales, especialmente la de Martin Sheen, mucho menos presidencial que la de Ernesto Aura, doblador habitual de actores como Laurence Fishburne, Tommy Lee Jones o Arnold Schwarzenegger.

Ignoro por qué (he buscado alguna noticia al respecto, pero no he encontrado nada), pero el caso es que Aura no doblaba a Bartlet en el episodio que vi ayer (podría pensarse que igual es un doblaje provisional, pero todos los demás tenían las voces de siempre). El honor le correspondió, según creo haber identificado gracias a la base de datos de El doblaje, a Salvador Vives, voz de Rupert Everett, George Hamilton o Mark Harmon en Navy. No es mal actor de doblaje, ni su voz es mala. Simplemente, es muy diferente a la de Aura, que, aunque a su vez es totalmente distinta de la de Martin Sheen, encaja mucho mejor con la voz que debería tener el líder del mundo libre.

viernes, 15 de junio de 2007

Proyectos paralelos

A veces pasa. A dos personas, que no se conocen y no tienen nada en común, se les ocurre, casi simultáneamente, hacer una película sobre un mismo tema, situación o personaje. Casualmente, los dos consiguen estudios que respalden sus proyectos y se lanzan a la producción. Esos dos proyectos pueden coexistir sin intuir la existencia del otro durante días, semanas o meses. Pero un buen día todos se enteran de que hay otra película que habla de lo mismo.

Comienzan entonces las insinuaciones, más o menos veladas, de que alguien se ha ido de la lengua, aunque puede ser que, simplemente, dos personas, que no se conocen y no tienen nada en común, hayan tenido la misma idea al mismo tiempo.

Esta semana se ha estrenado en España, con el poco atractivo título Historia de un crimen, Infamous, la segunda cinta sobre cómo Truman Capote escribió A sangre fría que llega a las salas en poco más de un año. Aunque los críticos no han dudado en ensalzar la interpretación de Toby Jones en la cinta de Douglas McGrath, que además le ha granjeado numerosos galardones, es difícil desprenderse de la composición que hizo Philip Seymour Hoffman del autor de Desayuno en Tiffany’s en Truman Capote (dirigida por Bennett Miller), con la que, además, logró el Oscar al Mejor Actor el año pasado.

Aunque llame la atención, no es la primera vez que esto pasa. Los proyectos paralelos son una constante, una especie de epidemia que vuelve a la cartelera cada cierto tiempo. Lo normal es que una de las dos producciones venza a la otra, ya sea por su calidad artística, por el prestigio de su director, el fuste de sus protagonistas, o simplemente porque se adelanta en las salas a su rival. Por muy buena que sea Infamous (no la he visto todavía), ¿quién va a ir otra vez al cine para que le cuenten exactamente la misma historia?

Los duelos Volcano-Un pueblo llamado Dante’s Peak, Armageddon-Deep impact y Tombstone-Wyatt Earp fueron los (pen)últimos en sumarse al club esta peli ya la he visto, que inauguraron a finales de los 80 Milos Forman y Stephen Frears con, respectivamente, Valmont y Las amistades peligrosas.

Las dos parten de la novela de Choderlos de Laclos Las amistades peligrosas (aunque Frears se inspiró en la pieza teatral de Christopher Hampton y no en el texto original), que narra, en forma epistolar, las andanzas de la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dos depravadas criaturas que han hecho de la manipulación, el engaño y la intriga su pasatiempo favorito. En Valmont Colin Firth y Annette Bening encarnan a la pareja. En Las amistades peligrosas, el honor les corresponde a John Malkovich y Glenn Close. El público y la crítica se decantaron por esta última, aunque la pareja Firth-Bening es mucho más fotogénica.

Otra sonora coincidencia fue la que protagonizaron, en pleno Quinto Centenario, Ridley Scott y John Glen con sus dos visiones del Descubrimiento de América: 1492, la conquista del paraíso y Cristóbal Colón: el descubrimiento, o, lo que es lo mismo, Gérard Depardieu contra la pasión turca de Ana Belén, George Corraface. La primera tenía a Sigourney Weaver (la reina Isabel), Armand Assante, Ángela Molina, Fernando Rey y el pre-Mummy Arnold Vosloo. La segunda, a Marlon Brando, Tom Selleck, Catherine Zeta-Jones y Benicio del Toro. Las dos eran un pestiño, pero a la oficial, o sea, la de Depardieu, le fue un poquito mejor en taquilla.

Pero si lo de dos producciones sobre la llegada al Nuevo Mundo en el año del Quinto Centenario podía ser más o menos lógico, lo que ocurrió un año antes con Robin Hood no tiene explicación alguna. Ese año, 1991, Kevin Reynolds y John Irvin presentaron su visión sobre el señor de los bosques de Sherwood (como si hiciera falta teniendo a Errol Flynn). El primero firmó Robin Hood, príncipe de los ladrones, con un reparto encabezado por Kevin Costner y que completaban Morgan Freeman, el inconmensurable Alan Rickman y su cuchara arranca-corazones, Mary Elizabeth Mastrantonio y Christian Slater. La historia era un poco atípica, incluía a un árabe (negro, para más inri) como compañero del protagonista, brujería y otras licencias artísticas que dieron lugar a una más que entretenida película con un broche de lujo: Sean Connery como el rey Ricardo Corazón de León. En cuanto a Robin Hood el magnífico, la otra peli,... bueno, baste decir que en USA fue directa a la tele, por mucho que aquí nos la colaran en los cines, y que la protagonizaba Patrick Bergin.

sábado, 9 de junio de 2007

Preguntas

¿Por que en Starbucks suena siempre Bob Marley o, en su defecto, interminables temas reggae? ¿Por qué nadie demanda a Rod Stewart por atentar contra el patrimonio de la humanidad y el buen gusto con su lenta pero persistente labor por destrozar los clásicos, no importa el género, época o autor? Y, sobre todo, ¿por qué entrecerramos los ojos cuando llueve?

viernes, 8 de junio de 2007

Las películas de mis sueños

¿Quién no ha tenido alguna vez a su lado en el cine a alguien que se pasa media proyección durmiendo? ¿Quién no ha tenido que acallar los ronquidos de individuos que caen desplomados como troncos en cuanto se apagan las luces?

Pues bien, a mí también me ha pasado. Me he quedado dormida en el cine. No estoy orgullosa, pero tampoco avergonzada (yo al menos no ronco, todo lo más respiro un poco fuerte cuando duermo). Además, sólo me ha pasado tres veces y de todas ellas hace ya mucho tiempo.

La más intrascendente fue viendo The boxer. Sesión golfa, con mucho ajetreo previo, creo recordar. Iba con un amigo y fue sentarme y caer. No sé de qué va la película. Sólo sé lo del boxeador del que habla el título. No me he preocupado de verla después por si me había perdido algo importante.

La segunda (en realidad la última, al menos hasta el momento) fue con La delgada línea roja (akas La raya colorá). No me arrepiento. En absoluto. Lo poquito que vi me dio motivos más que sobrados para seguir durmiendo. Era un muermo. No he vuelto a verla después. Para qué. No sólo no oculto que me quedé sopa, sino que lo esgrimo como argumento cuando alguien me dice que es una obra maestra. Por suerte, la amiga que me acompañaba me despertó cuando llegó el mejor momento de la película:

Esa parte, evidentemente, sí la vi. Pero duraba muy poco, así que enseguida caí de nuevo. No es el Hombre, pero en mi corazoncito George Clooney está bastante cerca.

Y hablando del Hombre (akas Harrison Ford), suya es la tercera película de mi lista de siestas: Juego de patriotas. Tan mala que cuando la volví a ver en casa la quité porque me moría del sopor, y eso que mi colección de entradas de cine de bodrios protagonizados por él (por mucho que le venere, su filmografía no es precisamente ejemplar) es bastante abultada.

miércoles, 6 de junio de 2007

¿Cómo dice que se llama la película? (I)

El público es impredecible. Directores, guionistas, productores y demás miembros de la farándula se devanan los sesos para dar con la fórmula del éxito, con la pócima infalible para que sus producciones (sean fílmicas o televisivas) arrebaten a millones de personas y les conviertan en estrellas o genios (o ambos).

Pero nadie ha encontrado aún la receta y, por mucho que se les pregunte, ningún director, guionista o productor sabrá decir cuál es el factor decisivo en el camino hacia el éxito. El reparto, el cineasta, la historia, el cartel, la publicidad e incluso el título son algunos de esos ingredientes. Y de este último es del que quiero hablar hoy.

Lograr un buen título no siempre es fácil. A veces se tardan meses en hallar uno adecuado, que sea impactante, que sea hermoso, que encaje como un guante con la historia o que llame la atención lo suficiente como para hacer que el espectador se pregunte de qué demonios irá esa película.

Ese celo de los creadores a menudo se frustra cuando la producción salta al mercado internacional. Allí no siempre se respeta el título, y ni siquiera hay un criterio de adaptación. A veces se deja sin más el original, otras se opta por la traducción literal y en otras ocasiones, más de las que sería deseable, entra en juego la creatividad de los responsables de marketing de las distribuidoras locales, que hacen y deshacen y perpetran verdaderas atrocidades.

Hoy ha llegado a mis manos el material promocional de una película titulada Historia de un crimen. Así, de sopetón, no me sonaba de nada, hasta que me he fijado en el cartel y he descubierto a un individuo sospechosamente parecido a Truman Capote. Entonces he mirado la parte inferior, donde vienen los créditos, y allí estaba su título original: Infamous, la otra película sobre el autor de Desayuno en Tiffany's (según algunos críticos muy superior a la protagonizada por Philip Seymour Hoffman, originalmente Capote y aquí llamada Truman Capote, quizás para evitar cualquier evocación taurina).

El fenómeno no es nuevo, ni parece una práctica próxima a la extinción. Hay cientos de ejemplos, tantos como directores afectados, desde John Ford a Billy Wilder, pasando por el mismísimo Alfred Hitchcock.

Como el tema es casi infinito y pretendo volver otro día sobre él, dejaré aquí, a modo de aperitivo, un somero repaso por la cartelera actual para reseñar algunas tropelías.

A Cerdos salvajes (traducción exacta de Wild Hogs) se le ha añadido la coletilla Con un par… de ruedas; Ellas y ellos es en realidad Trust the Man (Confía en el hombre), traducida en Argentina como Parejas; El retorno de los malditos es The hills have eyes 2, es decir, Las colinas tienen ojos 2; El novio de mi madre es I could never be your woman (Nunca podría ser tu mujer); Entre mujeres es In the land of women (En la tierra de las mujeres o En tierra de mujeres; este no está del todo mal); The Fountain ha pasado a ser La fuente de la vida (para que no haya resquicio de duda); The Prize Winner of Defiance, Ohio, se ha simplificado hasta quedarse en La ganadora; a Premonition se le ha añadido, entre paréntesis, Siete días, para concretar un poco el alcance de la visión; al Perfect Stranger de Halle Berry se le ha añadido un matiz erótico-festivo: Seduciendo a un extraño, y Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus se ha quedado en el soso (y confuso, porque había una película protagonizada por Robin Williams titulada en español prácticamente igual, aunque su título original era One hour photo) Retrato de una obsesión.

(Continuará)

martes, 5 de junio de 2007

No serán capaces...

La otra noche, mientras veía la nave del misterio de Friker Jiménez (esto lo digo con un cartoncito negro delante de los ojos y jurando y perjurando que no había nada más en la tele), tuve una especie de premonición (se me ocurrió sin más, pero si estás viendo a Friker lo suyo es hablar de términos misteriosos e inquietantes) sobre la cuarta parte de Indiana Jones.

Nunca he estado a favor de que se filmen más aventuras del pizpireto arqueólogo. No creo que deba volver a los cines (salvo si es para reestrenar las tres películas anteriores) porque la trilogía, tal como está, es perfecta y tiene un cierre más que notable (el héroe, su padre y sus dos amigos cabalgando hacia el ocaso mientras sube y sube la fanfarria de John Williams).

Durante los últimos años los rumores del rodaje de una cuarta se encendían y apagaban y nunca les presté demasiada atención, pero ahora parece que van en serio (aunque sigo sin fiarme del todo), y las primeras noticias de esta presunta cuarta entrega no invitan precisamente al optimismo.

La presencia de Sean Connery no está en absoluto asegurada, John Rhys-Davies (el imprescindible Sallah) tampoco quiere participar y el difunto Denholm Elliott (el entrañable Marcus) lo tiene difícil. Para colmo de desgracias, se anuncia la participación del casi inédito Shia LaBeouf como un posible vástago del héroe, lo que multiplica mis temores de que la trama de la película gire en torno al churumbel y a un posible peligro o tragedia que le amenace y que obligue a su padre a salvarlo, cueste lo que cueste.

Y fue entonces cuando una oleada de pánico me invadió en décimas de segundo: ese cueste lo que cueste podría incluir el sacrificio de Indy. Puede que la posibilidad sea remota y que una persona en su sano juicio zanjase el tema con un desganado “¡anda ya!”, pero todo es posible. Steven Spielberg últimamente está cada vez más oscuro y George Lucas quizás quiera dejar cerrada y bien cerrada la serie sobre el arqueólogo (además, desde que acabó con Qui-Gon Jinn no mata a ningún héroe).

Si hace unos días escribía que mi vida sería mucho peor de no haber existido la Saga, no quiero ni imaginar cómo sería el golpe de tener que enfrentarme a la muerte del doctor Jones (Jr.), del primer hombre que despertó en mi entonces infantil ser la conciencia de que era aquello exactamente lo que quería.

lunes, 4 de junio de 2007

Mi favorita

Hace unos días hablaba con un amigo de cajas, mudanzas y de la ingente cantidad de libros y DVD que debíamos trasladar en cada cambio de residencia. Yo le decía que en los últimos tiempos había reducido considerablemente mi compra de DVD y que ya sólo (o casi) compraba series. Lógicamente, me dijo que eso no era una solución, porque las cajas de series son más caras y, además, ocupan más espacio.

Más tarde, recordando en casa la conversación con mi novio, hicimos una pequeña lista no oficial de series ya terminadas cuya presencia en nuestras estanterías es indispensable.

Y, claro está, surgió Friends, que yo enseguida definí como mi comedia favorita (mi drama favorito es El ala oeste de la Casa Blanca, Perdidos es un género en sí mismo que no admite catalogación ni comparación y la devoción infantil a clásicos como El equipo A o El gran héroe americano no entra en este debate). Él me preguntó: “¿Más que Frasier?”. Tras unos segundos (pocos) de duda, respondí que sí. Pero no aclaré por qué, tal vez porque nunca me había planteado cuál era mi comedia favorita.

Como en tantas otras ocasiones, la respuesta es bien fácil: la emoción. Me he reído muchísimo con Frasier, pero no la he seguido con la fruición que Friends, del mismo modo que no he visto Héroes con el mismo entusiasmo febril (y a veces preocupante) que Perdidos, porque las historias de Frasier y Héroes no me han emocionado, y las de Friends y Perdidos sí (y mucho).

He sufrido, llorado y reído con los seis amigos neoyorquinos, me he alegrado cuando les han pasado cosas buenas y me he entristecido con cada desengaño. Aplaudí cuando Monica emergió de las sábanas de la cama de Chandler durante la excursión a Londres y lloré cuando ella le pidió matrimonio. Frasier me encanta, pero cada vez que he pillado en televisión un episodio de Friends lo he visto, no importaba que me lo supiera casi de memoria, algo que no pasa con ninguna de las series que he visto en los últimos años. Sus diez temporadas merecen un lugar de privilegio en cualquier colección, y no cabe duda de que lo tendrán en la mía.

Os dejo con un vídeo recopilatorio emitido por la NBC como preludio a su décima temporada y que descubrí en este estupendo blog (gracias, yo también lloré cuando lo vi).

domingo, 3 de junio de 2007

¿De qué va esta novela?

“…quienes compren el libro tendrán muchos más argumentos en su bolsillo (...) Tendrán mucho más material sobre el que hacer especulaciones”. Estas palabras, firmadas por uno de los guionistas de Perdidos, Craig Wright, aparecen en la fajita que acompaña a la edición de Nórdica de la novela El tercer policía, del irlandés Flann O’Brien.

Yo he sido una de las miles de personas que en los últimos meses se han dejado seducir por esa promesa y han convertido este título en un pequeño best-seller. Pero he terminado el libro, he terminado la tercera temporada y, si bien hay acontecimientos comunes a ambas historias, debo de ser muy corta porque no he pillado ninguna de las claves que se supone oculta en sus páginas.

Flann O’Brien es el seudónimo de Brian O’Nolan (1911-1966), un autor venerado por Samuel Beckett, James Joyce y Harold Bloom que cultivó la sátira, el articulismo político y la narrativa. O’Brien escribió El tercer policía con apenas 30 años y, tras varios rechazos editoriales, decidió guardarla en un cajón. El libro sólo sería publicado en 1967, un año después de su muerte.

¿Y de qué va esta extraña y sorprendente novela? Buena pregunta. La historia, narrada por el protagonista, que no recuerda su nombre, arranca con la confesión de un robo y un asesinato cometidos junto a su cómplice, John Divney, que ha escondido en lugar seguro la caja con el botín. Pero el protagonista no se fía y decide ir a buscarla a la casa del muerto, donde le espera el presuntamente difunto dueño de la propiedad.

Después de salir de allí, el joven termina en una comisaría bidimensional junto a su alma, Joe, donde encuentra a dos policías obsesionados con las bicicletas y que las hurtan a sus propietarios para impedir que la esencia de éstos se confunda con la de sus vehículos. Por si no fuera ya bastante demencial la historia, hay un mapa de la ciudad dibujado por las grietas y la humedad en el techo de la comisaría y que además indica el camino a la eternidad.

¿La eternidad? Sí, un lugar subterráneo al margen del tiempo y el espacio regido por unas enigmáticas medidas y que contiene una caja de la que puede salir todo aquello que uno imagine o desee. La pega es que nada puede salir de allí si no ha entrado antes. ¿Y el tercer policía del título? Vive en una comisaría construida en los muros –en el interior de los muros- de la casa del muerto del principio.

Pero éstos no son los únicos protagonistas de la historia. Hay uno más, un desquiciado erudito llamado de Selby, al que venera el anónimo narrador (el motivo del robo inicial no es otro que conseguir fondos para publicar una edición definitiva de su obra) y que sostiene, entre otras cosas, que la noche no existe (es una ilusión provocada por una acumulación de aire negro), ni tampoco la muerte o el movimiento, o que la Tierra tiene forma de salchicha.

Aunque hay algunos más (como la importancia de unos determinados números, mapas misteriosos...), el paralelismo más evidente con lo que pasa en la isla es esa caja mágica de la que Ben hablaba a Locke en El hombre de Tallahassee. El otro punto en común podría ser una posibilidad apuntada en los últimos episodios por varios personajes pero que ha sido negada en varias ocasiones por los creadores de la serie e incluso por el propio final de la tercera temporada (aunque uno no puede fiarse nunca de los secuaces de J. J.): que estén todos muertos y se hallen en una especie de purgatorio o incluso en el infierno.

sábado, 2 de junio de 2007

¿Un fracaso anunciado?


Pomposa y pedante son sólo algunos de los elogios que los críticos han otorgado a la última producción firmada por Aaron Sorkin, Studio 60 on the sunset strip, cancelada por la NBC por su baja audiencia sólo unas semanas después de su estreno. Aunque la emisora se comprometió a emitir los episodios ya grabados, parece claro que la serie no volverá.

Studio 60 era una de las series más esperadas del año. Suponía el regreso del creador de El ala oeste de la Casa Blanca tres años después de haber abandonado la Administración Bartlett, estaba ambientada en el mundo de la televisión y contaba con un reparto de lujo encabezado por Bradley Whitford y Matthew Perry.

La serie muestra las entrañas de un show televisivo, al estilo del Saturday Night Live, dirigido por Danny Tripp (Whitford) y escrito por Matt Albie (Perry). A la tensión de la emisión en directo se suma la presión de la audiencia -(que recae sobre los hombros de Jordan McDeere (Amanda Peet)-, la de los lobbies que pretenden decidir sobre los temas que se abordan en el programa y la relación que mantuvieron Matt y la actriz principal del show, Harriet Hayes (Sarah Paulson).

Aún me quedan unos cuantos episodios por ver, quizás porque a mí también me da rabia ver algo que me gusta y que se ha acabado cuando no había hecho más que comenzar. Son muchos los que han dicho que era más que previsible el castañazo, pero es bastante mejor que muchas de las producciones que ocupan la parrilla de EEUU (de las españolas ni hablo). No está a la altura de El ala oeste, pero los diálogos, el ritmo y la interpretación de los actores, en especial la pareja Josh-Chandler, una de las mejores que he visto en mucho tiempo, son más que notables. (La única pega es Sarah Paulson. Tanto la actriz como su insufrible personaje lastran un poco el conjunto.)

Pero la audiencia, esa masa informe y voluble a la que ningún estudio es capaz de comprender (otro día hablaremos de los gustos de los espectadores), le dio la espalda y Sorkin echó el cierre. En España la está emitiendo Canal+, una buena oportunidad para que no se pierdan un detalle aquellos que, como yo, tienen problemas para seguir el ritmo de los diálogos de Sorkin y su patentado (y a veces estresante) walk and talk.