jueves, 30 de agosto de 2007

Servicio técnico

[Advertencia: aunque pueda parecerlo, la historia que sigue a continuación no está sacada de las tomas falsas de la serie ‘The IT Crowd’. Está basada en hechos reales y así es como ocurrió. Bueno, más o menos...]

En casa tenemos ADSL, de tres megas, contratada con Orange, aunque la línea es de Telefónica. El lunes por la mañana la velocidad había caído en picado hasta los 400 kb. Después de varios intentos y tras comprobar que aquello no subía de ninguna de las maneras, mi novio apretó el botón del pánico y llamó a la atención al cliente de Orange. Varias llamadas después (“ha probado a apagarlo y encenderlo de nuevo”, “¿utiliza programas de descarga?”, “pues pásele un antivirus porque hay sitios muy peligrosos y gente muy mala capaz de instalar en su ordenador programas espía que reduzcan la velocidad de conexión a Internet...”), una chica diagnosticó al fin nuestro problema. Al parecer, Telefónica había decidido unilateralmente que a partir de ese día, el lunes, nuestra velocidad iba a ser de 512 kb (de ahí los 400 de más arriba). ¿Por qué? Nadie lo sabe. La muchacha que nos atendió se comprometió a resolver el problema y 24 horas después (el martes por la noche) estaba solucionado.

En condiciones normales, en un universo lógico, la historia debería haber acabado aquí. Pero no. Esta mañana, a las nueve y pico (mi novio sale de trabajar todos los días sobre la una de la mañana y yo esta semana tengo turno de tarde, así que tres cuartos de lo mismo, lo que significa que a esa hora estábamos bastante fritos) me despierta el teléfono. “¿Sí?” (con voz soñolienta, como es normal). “Le llamo de Telefónica, por una incidencia con su línea ADSL”. Ipso facto le paso el auricular a mi novio, al que el tipo en cuestión le pregunta si se ha resuelto ya el problema. Él dice que sí, pero el individuo insiste en que compruebe la velocidad. Como a mi novio le daba apuro decir que estábamos durmiendo (la mayoría de la gente cree que el universo sólo funciona de ocho a tres y no conciben que haya gente que trabaje más allá de esas horas y mucho menos que duerma mientras ellos trabajan), quedó en llamar más tarde. Una hora y algo después, sobre las once, el tipo vuelve a llamar y le dice que nos va a mandar un técnico para que compruebe personalmente que la conexión va bien porque tienen que hacerlo y bla, bla, bla y que llegará en tres cuartos de hora.

A las dos y media, con el último bocado del almuerzo aún entre mis dientes y apuradísima porque entro a trabajar a las cuatro, se persona el técnico más lastimoso, triste y apático que haya visto en mi vida, quien por supuesto no se disculpa por interrumpirnos mientras comemos ni por llegar casi tres horas después de la hora acordada. Mi novio, muy previsor, quitó de en medio el PC portátil y plantó en el salón un ejemplar de esas extrañas criaturas que atemorizan y desconciertan, a partes iguales, a los técnicos corporativos, un Mac, así que el tipo sólo toqueteó un par de teclas y, cuando comprobó que no tenía ni idea de qué hacer con aquello, se fue, pidiéndonos que le firmásemos un recibo como justificante de su visita, un recibo que por supuesto no miramos hasta un rato después y que incluye un cargo de 39 euros por comprobación de línea o algo así y que, después de llamar tanto a Telefónica como a Orange, no sabemos si vamos a tener que pagar ni quién nos lo va a cobrar.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Pues claro que no es 'Perdidos'


[spoilers sobre el final de la primera temporada de 'Jericho'
]

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero son inevitables en la industria del entretenimiento. En el nacimiento de cualquier libro, película o serie sus creadores cuentan con unos referentes que invocan, consciente o inconscientemente, como fuente de inspiración para lo que quieren o lo que no quieren hacer. Y de esas comparaciones se valdrán después editores, programadores y distribuidores para colocar sus productos en un mercado cada vez más saturado.

Si haces una serie sobre investigadores o policías, enseguida la compararán con CSI; si es sobre médicos, lo harán con Urgencias (o con House o Anatomía de Grey, dependiendo del subgénero en que se inscriba); si es una sitcom, con Friends, y así sucesivamente. Son pocas las series que salen bien paradas de la comparación con las titulares de cada género, y ninguna la que, hasta ahora, lo ha logrado cuando en el otro platillo de la balanza se sitúa una serie que es un género en sí misma.

Un amplio grupo de interesantes y enigmáticos personajes, acción, sorprendentes giros de guión y muchos, muchos secretos. Esos son algunos de los ingredientes esenciales de Perdidos, y por eso cualquier serie que los tenga será inmediatamente comparada con ella. Pero Perdidos es mucho más que eso, como comprobamos el año pasado con Héroes.

Hoy por hoy no hay ninguna comparable a Perdidos, y por eso es injusto e insensato usar a los chicos de la isla para desprestigiar a cualquier otra serie, como se ha hecho en más de una crítica con Jericho.

Pues no, Jericho no es como Perdidos. Tiene muchos personajes, algunos interesantes y otros no tanto, tiene acción, giros de guión y toneladas de secretos, pero no aspira a despojar a Perdidos del título de serie más adictiva de la ¿década?

Supongo que a estas alturas todo el mundo sabrá de qué va la serie (en España la emite Telecinco, últimamente en tandas de cuatro episodios, así que no sé si ha terminado o no), pero por si acaso haré un pequeño resumen. Jericho es un pequeño pueblecito de Kansas del que se adueña el caos y el desconcierto cuando sus habitantes divisan en el horizonte un hongo nuclear. Durante varios días los ciudadanos se preguntan qué ha pasado y si son los únicos norteamericanos con vida, hasta que la energía y los víveres comienzan a escasear y entonces deben preocuparse por su supervivencia.

En torno a esta trama principal se desarrollan las historias personales de sus protagonistas, principalmente las de la familia Green, compuesta por el alcalde del pueblo, Johnston (Gerald McRaney), su mujer, Gail (Pamela Reed), y sus dos hijos, Jake (Skeet Ulrich) y Eric (Kenneth Mitchell), y que está marcada por la repentina marcha de Jake cinco años atrás, su inesperado regreso justo antes de que se desate la crisis con la que arranca la serie y la incógnita sobre lo que ha hecho durante el tiempo que ha estado fuera. Pero como decía más arriba, en Jericho hay muchos secretos, y el de Jake palidece comparado con el de Hawkins (Lennie James), un supuesto agente de la CIA implicado en una conspiración para hacer estallar una decena de bombas nucleares por todo EEUU.

Vale que Skeet Ulrich se pasa todos los capítulos con una inexplicable expresión de susto, que hay muchas historias personales que sobran, que en ocasiones se abusa del dramatismo, que no hay por qué poner quince cliffhangers en cada capítulo y que a Emily (Ashley Scott) le pasa algo raro en la cara, pero la verdad es que es muy entretenida. Me lo pasé muy bien viéndola y quiero saber cómo acaba. Además, cualquier serie que cuente con Papá comandante como uno de sus personajes principales merece, como mínimo, un indulto, a pesar de que sus creadores hayan decidido, inexplicablemente, acabar con él, cuando es uno de los mejores y hay al menos una decena de personajes a los que deberían haber matado primero.

domingo, 26 de agosto de 2007

Adicta

“Llegará un momento en el que se te acabarán las series y tendrás que ver Médico de familia”.

Inquietante, ¿verdad? Pues eso fue lo que me soltó anoche mi novio, a eso de las dos y media de la mañana, después de ver el tercer capítulo consecutivo de la primera temporada de Cómo conocí a vuestra madre, casualmente el titulado Nunca ocurre nada bueno después de las dos de la mañana.

El augurio / amenaza fue su forma de decirme que debería dosificar las series que me gustan, en lugar de encadenar episodios uno tras otro.

Entiendo la teoría, pero soy incapaz de ponerla en práctica. Comprendo que es mejor tener siempre en la recámara episodios nuevos de tus series favoritas, y también que fueron concebidas para que los espectadores viésemos un solo capítulo a la semana, pero... ¿eso cómo se hace? ¿Cómo se consigue la disciplina necesaria para ver solamente un episodio a la semana (o uno al día, da igual la frecuencia que sea) y no seguir viendo hasta que se te acaben? Si soy incapaz de cerrar un libro hasta que literalmente se me cierran los ojos, ¿por qué iba a ser diferente con las series?

Siempre he tenido una personalidad adictiva, desde pequeña. Cuando descubría a un actor, un director o un escritor que me gustaba procuraba conocer, cuanto antes, la mayor parte posible de su trabajo (gracias a lo cual he visto y leído innumerables bodrios en todos estos años), y algo parecido es lo que me pasa ahora con las series. Si una me gusta de verdad, soy insaciable (sí, soy consciente de lo mal que suena eso), algo que he demostrado con creces este verano, y muy especialmente en las últimas semanas, en las que he devorado (y eso que las vacaciones hace tiempo que se terminaron) la séptima temporada de CSI y casi la primera de Cómo conocí a vuestra madre.

Ya sé que no es una postura inteligente, primero porque como la cosecha de nuevas series no sea este año espectacular no sé qué voy a ver el verano próximo, y segundo porque la lista de series que quiero seguir esta temporada a ritmo USA es casi interminable (gracias a Mer tengo una guía para saber cuándo empiezan algunas de ellas), pero al menos Perdidos la he seguido a su ritmo de emisión. No quiero ni pensar cuántas noches me habría quedado en vela si llego a pillar alguna temporada enterita.

lunes, 20 de agosto de 2007

Yo tampoco llevo tacones

No suelo ver realitys. Seguí la primera edición de Gran Hermano y parte de la primera de OT en Telecinco y trozos de algunos más, sobre todo porque entonces vivía con mis padres y a mi madre le gustan. Verlos con ella es todo un espectáculo, pero verlos sola no, así que desde que me fui de casa no he vuelto a ver ninguno.

No vi absolutamente nada de la anterior edición de Supermodelo, ni mi madre tampoco, porque a ninguna de las dos nos interesa la moda ni tampoco soportamos a Judit Mascó, así que los breves retazos de información que tuve sobre el susodicho reality fueron algunos comentarios de mis compañeras de trabajo cazados al azar.

Parece ser que la nueva edición está a punto de arrancar, precedida por la emisión de los castings de las posibles concursantes, y he leído que los supuestos jurados son más que duros con unas chicas que sólo buscan una puerta por la que entrar al mundo con el que pretenden ganarse la vida. Que si la extensión del pelo, que si los tatuajes, que si la forma de vestir (lo que los pedantes jueces llaman estilismo)... las ofensas más o menos veladas a las aspirantes son la nota habitual de un proceso en el que buscan chicas a las que enseñar a ser modelos, así que poco importa lo largo que sea su pelo, los tatuajes que lleven o cómo se vistan, porque se supone que todo eso se lo van a enseñar en la pretenciosa academia que dirigen esos tres mequetrefes (ni sé sus nombres ni pienso averiguarlos) que no se han mirado en su vida en un espejo ni de refilón.

Pero lo que más me ha indignado no ha sido que ataquen a una chica por llevar el pelo demasiado largo, sino que critiquen a otra que ha cometido el imperdonable pecado de acudir a la prueba con sandalias. La chica en cuestión (de la que no he encontrado vídeo, lo siento) mide 1,90 y calza un 45. Yo soy algo más bajita (1,83) y mi pie es también un poquitín más pequeño (un 44), así que, aparte de que no comprendo cuál es el problema de ir a un casting con sandalias, sí sé lo difícil que es meter un pie de ese calibre en algo que no sean unas sandalias, unas zapatillas de deporte o unos zapatos de hombre.

Entiendo que el interés de este tipo de programas se supone que está, o eso creen los programadores y los directores y los redactores y todo aquel que tiene algo que decir en el desarrollo de un espacio, en la humillación gratuita de los concursantes en pro de ese morbo del que todos huyen y que ninguno sabe esquivar, pero esas ofensas son innecesarias e injustas, especialmente cuando esos concursantes no son tipos que simplemente se mudan tres meses a una casa, sino unos chicos que sólo buscan, por decirlo de una manera tradicional, aprender un oficio.

viernes, 17 de agosto de 2007

La próxima víctima

Un asesino en serie que sólo mata a criminales y que además trabaja para la policía. La premisa era interesante y durante toda la temporada no dejé de leer buenas críticas sobre la que llamaban “una de las series del año”. Hace varios meses almacené el piloto en mi disco duro, a la espera de echarle un vistazo para ver si merecía la pena conseguir el resto pero, como decía hace unos días, hasta que llegaron las vacaciones Dexter estuvo en mi lista de tareas pendientes.

Ni que decir tiene que en cuanto vi ese piloto me hice con el resto de su primera temporada, una pequeña delicatessen que se acerca a unas criaturas tan fascinantes (narrativamente hablando) como los asesinos en serie desde un punto de vista que, sin despreciar lo mucho que hemos aprendido de investigación forense gracias a Grissom y sus chicos, aporta un poco de aire fresco a un género que, por culpa de los subproductos, estaba empezando a decaer.

La serie es una adaptación de los libros Darkly Dreaming Dexter y Dearly Devoted Dexter, de Jeff Lindsay, editados en España por Umbriel con los títulos El oscuro pasajero (toma ya traducción creativa) y Querido Dexter. Creo que cada uno corresponde a una temporada, aunque como tengo los dos todavía en mi cada vez más abultada pila de libros por leer, no puedo confirmar el dato. Hay una tercera novela, Dexter in the dark, que aún no ha sido traducida al español, aunque supongo que si finalmente Cuatro llega a emitirla, como ha anunciado, pronto veremos las novelas en las mesas de novedades y no en el último rincón de las librerías (eso las que las tienen, porque no ha sido fácil conseguirlas).

Aleccionado desde pequeño por un padre adoptivo que enseguida lo caló (interpretado por James Remar, el Jonah de Jericho), Dexter (Michael C. Hall, de A dos metros bajo tierra) no mata al azar. Sacia su sed de sangre escogiendo cuidadosamente a sus víctimas de entre la escoria de la especie humana: pederastas, psiquiatras que inducen a sus pacientes al suicidio, un matrimonio que extorsiona y luego mata a balseros cubanos e incluso al conocido como asesino del camión frigorífico, un individuo que desangra y después descuartiza a prostitutas cuya persecución articula toda la trama de esta primera temporada.

Dexter no es un ángel, pero podría ser mucho peor si su padre adoptivo no lo hubiese rescatado del horror que truncó su infancia y despertó en él sus impulsos homicidas. No se arrepiente de lo que hace sencillamente porque es incapaz de sentir nada, aunque el final de la primera temporada y lo poco que he visto del comienzo de la segunda apunta que algo está empezando a cambiar en él.

La nueva etapa de Dexter arrancará en EEUU (en Showtime) a finales de septiembre, mientras su desembarco en Europa (en la cadena británica FX) viene precedido por una curiosa promoción que convierte a cualquiera en la próxima víctima de nuestro asesino favorito. Seguro que hay quien se asusta con la bromita, pero yo no he podido evitar soltar una carcajada cuando he visto esta mañana mi propia amenaza de muerte.

martes, 14 de agosto de 2007

The spider incident

En nuestra casa hay bichos. Vivimos en un pueblecito a las afueras de Sevilla junto a una especie de colina en la que hay árboles, arbustos y también bichos que, con una frecuencia mucho mayor de la deseada, pasan por casa a saludarnos.

Compramos la casa hace cinco años, aunque hasta noviembre del año pasado, cuando por fin me trasladaron a Sevilla, no nos mudamos aquí definitivamente. En todo este tiempo hemos tenido moscas, mosquitos, nidos de avispas, arañas, cochinillas, salamanquesas, hormigas, cucarachas y caracoles (por suerte éstos, al igual que una rana que tuvimos, se quedaron en la entrada y no traspasaron la puerta).

Desde que vivimos aquí, gracias a nuestra presencia, a la limpieza habitual y al uso a discreción de los insecticidas más potentes que podemos comprar sin una autorización especial, el avistamiento de estas criaturas se ha convertido en algo puramente anecdótico. Sin embargo, de vez en cuando hay que ir de cacería.

La otra noche, después de cenar, cuando fui a la cocina a por un helado (de chocolate, con sirope y trozos de galleta, para más señas), vi una sombra gris en un rincón. Me acerqué, despreocupadamente, pensando que era una pelusa o algo así, hasta que se movió. Era una araña. Grande, gorda, de patas gruesas y peludas.

Mi marido estaba trabajando, así que estaba más sola que la una. Le llamé, presa del pánico y empapada en un sudor frío, y él básicamente me dijo que me tranquilizara y que intentase matarla. ¿Con qué? Con insecticida. El bote de insecticida estaba bajo el fregadero, a unos centímetros del bicho. Evidentemente, no iba a ir a por él. Entonces recordé que teníamos uno nuevo, recién comprado, en el armario de los productos de limpieza, que está en otra habitación. Fui por él y, con el teléfono en una mano y el bote en la otra, inicié el ataque. No sé qué tipo de veneno tendrá, pero a la tercera rociada el bicho la había palmado. Esperé unos segundos, por si estaba fingiendo para saltar sobre mí cuando me acercase, pero no se movía. Entonces fui por un cepillo, agarrado de la puntita del palo, y la toqué. Estaba muerta. La arrastré hacia la calle y la dejé allí. Ni que decir tiene que el susto tardó mucho más que el bicho en irse, pero al fin lo hizo.

A la mañana siguiente, mi marido salió para examinar (de lejos, eso sí) el cadáver y sonreí con satisfacción cuando admitió que no había exagerado sobre su tamaño (siempre dice que exagero cuando digo que hay un bicho grande) y me felicitó por haber sido capaz de solucionar yo solita la crisis. Pero no había terminado de hablar, y la sonrisa de satisfacción se me heló en los labios cuando dijo que había matado en casa varias arañas mucho más grandes que ésa.

lunes, 13 de agosto de 2007

Come fly with me

Lunes, siete de la mañana. El despertador ha sonado a las cinco y media. Era de noche. A las siete también es de noche. En la calle no hay un alma, salvo obreros y otros operarios, especialmente del sector de la limpieza, y los conductores de autobuses como el que cojo yo para ir a trabajar. Todos tienen la misma mala cara que yo y maldicen, como yo, que sea lunes, que sea de noche y que tengan que ir a trabajar.

Llego al tajo unos minutos antes de las siete, para hacer el trabajo que normalmente hacemos tres personas, con un programa que hoy tampoco funciona y sin que haya (tampoco hoy) una sola persona o responsable técnico al que recurrir.

Así que, con toda la tranquilidad que me permite mi incipiente ataque de ansiedad, arranco el mp3 y dejo que la cálida voz de Frank Sinatra me envuelva y me lleve a una dimensión lejana e irreal llena de locales de copas provistos de una big band con potentes trompetas donde las parejas bailan, charlan, beben y se enamoran.

Un poco cursi, ¿verdad? Cierto, pero esa es la fantasía que me atrapa cada vez que escucho a Sinatra, algo similar a lo que ocurre con algunos de sus coetáneos (y también con uno de sus más dignos herederos, Michael Bublé, que me hizo pasar una de las noches más divertidas que recuerdo en un concierto en Madrid hace un par de años) pero que nunca se manifiesta con la misma fuerza con que lo hace cuando es Frankie el que me canta al oído.

A estas alturas poco nuevo se puede decir de él, desde sus contactos con la Mafia a su conflictiva relación con las mujeres y la bebida, pero, ¿a quién le importa? Varias generaciones se han dejado seducir por una voz que hizo de todo lo que cantaba un clásico y cuyos temas hemos escuchado en infinidad de películas, programas y series (la última de ellas en el episodio de la séptima temporada de CSI Living Legend, recorrido de principio a fin por la canción That’s life).

Puede que a no todo el mundo le guste, e incluso que haya quien piense que su música es anacrónica y obsoleta y también quienes la escuchan, pero la verdad es que a mí me ha salvado el día.

jueves, 9 de agosto de 2007

El opio y sus sucedáneos

El verano es esa época en la que la televisión se llena de programas frescos y dinámicos y en los espacios que se quedan los presentadores titulares son sustituidos por individuos también frescos y dinámicos. Nuestras series favoritas, esas a las que hemos estado enganchados durante meses, nos abandonan (el verano de Lost es un lapso temporal más largo que el del común de los mortales y se extiende desde la recta final de la primavera a mediados del invierno), como a los futboleros les abandona la Liga.

Si tenemos suerte, en verano podemos estar un mes sin ver a nuestros jefes (si se tiene mucha suerte y nuestras vacaciones y las suyas no coinciden, pueden ser dos) y además podemos aprovechar para ver esas series que quisimos ver durante el invierno y no pudimos y también esas otras que descubrimos cuando ya han terminado. En la mayoría de los casos no son más que sucedáneos cuya única misión es ayudarnos a sobrellevar el síndrome de abstinencia de las titulares (en mi caso, fundamentalmente las aventuras de los chicos de la isla), un ejemplo fácilmente equiparable a los torneos veraniegos, cuyo objetivo es calmar el mono de los futboleros.

A mí me gusta el fútbol, pero no siempre ni en cualquier circunstancia y, aunque entiendo el valor terapéutico de las pachangas veraniegas, lo que no comprendo es que dos de las seis cadenas nacionales, La Primera y la Sexta (y una de las dos autonómicas que tenemos en Andalucía) estén ocupadas esta noche (jueves) por el fútbol (el trofeo Teresa Herrera, el partido del Centenario del Betis y el Colombino, respectivamente). ¿De verdad hay público para tanto fútbol en pleno agosto?

martes, 7 de agosto de 2007

Londres (prólogo)

Más allá de sus atractivos culturales, turísticos o comerciales, lo que más me llama la atención cuando viajo, especialmente si es al extranjero, son esos pequeños detalles, esas pequeñas cosas que, bien porque sean diferentes a lo que conozco y veo cada día, bien porque sean directamente insólitas, se convierten en un capítulo indispensable de cualquier relato que haga de mi viaje cuando vuelva a casa.

Aunque más adelante escribiré con más detenimiento de nuestro periplo londinense, hoy, a modo de aperitivo, quiero hablar de esas minucias que (por muy impresionantes que sean, que lo son, el Big Ben, el Palacio de Buckingham, la Torre de Londres o la Abadía de Westminster) no se pueden pasar por alto cuando uno habla de la capital de la Pérfida Albión.

En ese catálogo de curiosidades están el gusto de los ingleses por las moquetas, que el metro cueste cuatro libras (seis euros), que haya que comprar el billete del autobús antes de subir en la mayoría de las líneas (en máquinas que sólo admiten el importe exacto), que haya cada tres metros un establecimiento de venta de sándwiches, bocadillos y ensaladas (y que casi todos lleven pollo), que en los pasos de peatones una leyenda pintada en el asfalto te indique (siempre) hacia dónde tienes que mirar antes de cruzar, que haya casi tantas librerías como bares de sándwiches, que en los supermercados te pregunten siempre si necesitas una bolsa (no importa que lleves un paquete de patatas o 45 artículos, en cuyo caso la respuesta es bien clara: necesitas más de una), que en todos ellos haya guardias de seguridad perfectamente trajeados, que haya casi tantos Zara como aquí (e incluso una oficina de Marina d’Or), que haya aún más españoles que tiendas de Zara, que dichos españoles entren a comprar en Zara, que el café cueste dos libras (tres euros), que las galletas, pastelitos y similares sean más grandes que mis pies (que son muy, muy grandes), que no cueste un penique entrar en el Museo Británico y en la National Gallery (hay por todas partes unas huchitas para que hagas una donación, las mismas que en otros lugares como la Torre de Londres, cuya entrada cuesta 16 libras, o la Abadía de Westminster, que vale 10), que en los hoteles (al menos en el nuestro) la alcachofa de la ducha esté empotrada en la pared y que te ofrezcan incluido en el precio un desayuno continental (tostadas, bollitos, zumo y algo parecido a café) y el desayuno inglés (huevos, bacon, etc.) sea de pago, que las farmacias no sean de concesión pública, sino cadenas privadas (como Boots) en las que, aparte de una amplia gama de medicamentos al alcance de la mano (los farmacéuticos dispensan los que son con receta) hay productos de aseo, alimentación, adaptadores para los enchufes continentales, paraguas, juguetes y hasta artículos de regalo, que el tráfico sea un verdadero caos, por mucho que los coches vayan a toda pastilla (sí, hay muchos vehículos, pero muchos más hay en Roma y aquello fluye que da gusto), que a pesar de todo eso ir en bici no sea un deporte de riesgo, que Harrods (un colosal monumento a la desmesura y el exceso decorativo del que ya hablaré en su momento) sea una atracción más, en la que los turistas ganan por goleada a los verdaderos clientes (lo que quizás se explique por sus precios)...

Seguro que me dejo muchas atrás, porque una ciudad tan, tan grande da para mucho, pero ya me iré acordando. O igual no.

lunes, 6 de agosto de 2007

De vuelta

Si tenía algún lector, seguramente lo habré perdido. Estar más de un mes sin dar señales de vida es imperdonable, aunque comprensible teniendo en cuenta el hartazgo extremo con el que puse punto y final a una de las temporadas más horribles de mi carrera, a la que sólo sobrevivieron dos neuronas y media a las que no les apetecía pasarse por aquí.

El mismo día 1 (a las 07.00, para redondear la faena) volví al tajo (al que por cierto se ha incorporado el autor de este blog), unas horas después de que nuestro jefe se despidiera dejando como única instrucción un “suerte y trabajad mucho”. En estos días (todos y cada uno de los cuales los he pasado aquí, en una bonita tanda de ocho jornadas consecutivas) me he puesto al día (y he comprobado, con algo de vergüenza, que ninguno de los blogs por los que paseo a diario ha cerrado por vacaciones) y me he dejado seducir por el completo menú farmacológico (ansiolíticos incluidos) que mi traumatólogo me ha recetado para aliviar una contractura cervical brutal que arrastro desde hace meses y con la que ni siquiera las vacaciones han podido acabar.

¿Y qué he hecho en todo este tiempo? Televisivamente hablando, he terminado Studio 60 descorazonada por saber que no volverá, me he partido con The IT Crowd, he comenzado Sports Night (sí, más Sorkin) y (al fin) Los Soprano y he devorado Dexter y Jericho. De todo ello hablaré en los próximos días, de eso y de mi estupendo viaje a Londres, en el que, además de monumentos, museos y tiendas, vimos a Tim Burton y Oliver Platt y hasta charlamos con Rick McCallum en el Star Wars Celebration.

Por cierto, la de la fotito es una servidora pasada por este divertido jueguecito que convierte a cualquiera en un habitante de Springfield.

No sé si queda alguien ahí fuera, pero si lo hay, bienvenido. Estamos de vuelta.