miércoles, 31 de octubre de 2007

Los yogures matan neuronas

Parece un disparate, pero como los yogures son el único producto que me consta que José Coronado toma asiduamente, prefiero pensar que son ellos y no otra sustancia más peligrosa los culpables de las tonterías que dejó salir libremente de su boca, sin filtro alguno, en una entrevista publicada por los diarios del Grupo Joly.

La entrevista la podéis leer completa aquí, pero no me resisto a destacar algunas perlas que, como veréis, apenas precisan de comentario alguno.

Como es lógico, la mayoría de las preguntas giran sobre RIS, la serie de forenses que Coronado protagoniza en Telecinco y que, según el actor, “no tiene nada que ver con nada. Va sobre la policía científica, un género que no se había tratado nunca” (¿?).

Más adelante, tras decir, en referencia al caso Madeleine, que “cualquier caso que huele a muerte lo sigo fervientemente” (¡!), Coronado entra de lleno en la comparación con CSI, a pesar de que, repito, su serie es “un género que no se había tratado nunca”, y dice que no le asusta la comparación, aunque hay que tener en cuenta que la producción española tiene diez veces menos presupuesto (¿nadie le ha dicho que el dinero ayuda pero que es incapaz de salvar una película o una serie si no hay talento en la dirección, en los guiones y en las interpretaciones?), y por eso (atentos que aquí viene lo bueno) “nuestros guiones son mucho más inteligentes y, sobre todo, con una relación entre los personajes que en otras series no se potencia tanto como aquí”, es decir (vamos a obviar lo de que los guiones son mucho más inteligentes que los de CSI porque la cosa cae por su propio peso), que volvemos a uno de los vicios de la ficción española, en la que el supuesto argumento o género no es más que una excusa, un telón de fondo para contar los problemas personales y los líos entre los protagonistas, algo que el intérprete justifica así: “Al espectador español le gustan las emociones y las relaciones entre personajes. Pero aquí no hay familias, ni casas, ni niños, hay trabajo científico puro y duro, con personajes que viven y se emocionan”.

Vale. Hasta aquí, aparte de la burrada de decir que RIS aborda un género inédito (y eso que el tipo se define como “un gran amante de CSI”), la cosa es básicamente un autobombo. Nuestra serie es muy buena, te da cosas que no te dan las americanas, estamos más cerca de los espectadores españoles y todas esas chorradas. Pero al final de la entrevista la cosa se desmadra totalmente, porque Coronado no se corta un pelo y no sólo dice que “la nuestra [RIS] te puede dar lo mismo que ellos [CSI] con mucha más emoción”, sino que, cuando la periodista le pregunta si es el Grissom español (una equivalencia alentada por la propia Telecinco desde que comenzó la promoción de la serie), osa decir que a Grissom lo ve “un poco paletorro” y que, si acaso, se compararía con el Jack (en realidad es Mac) Taylor de Nueva York. Aparte del insulto gratuito a un personaje que se ha convertido casi un icono, si su referente es Gary Sinise, ¿por qué su interpretación no es más que una mala imitación, con todos sus vicios exagerados hasta la náusea, del Horatio de Miami?

martes, 30 de octubre de 2007

Nos gustan, ¿y qué?

Hace un par de días leí en Pizquita un artículo sobre esas series a las que, siendo conscientes de sus defectos, nos enganchamos irremediablemente aunque no seamos capaces de confesarlo en público.

Si creyéramos todo lo que leemos, pensaríamos que no hay televisión más allá de Los Soprano, que Lost puede estar bien pero al fin y al cabo es un producto sólo para frikis y que nadie ve Escenas de matrimonio.

Pero la realidad es bien distinta. Sabemos que cada día cuatro o cinco millones de personas se sientan a ver las broncas de Pepa y Avelino (sí, ya sé que se van a Antena 3, pero no conozco, ni me interesa, los nombres de los demás personajes), que unos cuantos menos siguen año tras año Hospital Central, que Ana y los siete batió récords de audiencia y que Lost es sencillamente fabulosa.

Pizquita habla de Embrujadas, de Siete en el paraíso, de Falcon Beach e incluso de Héroes, que, como dice en otro artículo, está en plena crisis de la segunda temporada (la verdad es que lo poquito que he visto ni invita al optimismo ni en absoluto compensa la desastrosa season finale de la primera).

Todos tenemos algún cadáver en el armario, y en mi caso son unos cuantos. Supongo que la cosa empezaría con la devoción infantil por El equipo A y El gran héroe americano, tan incondicional que incluso, viéndolas años después, me lo sigo pasando pipa. La lista continuaría con aquella temporada que tuve que pasar en casa por culpa de la varicela y en la que me enganché a Santa Bárbara (la cosa acabó cuando volví al colegio, así que me quedé sin saber qué pasaba con aquella pandilla) y con Doña Beija, el único culebrón que he visto enterito y que me zampaba día tras día con mi madre (sí, ya sé que aquello iba de prostitutas y tal, pero a ella no parecía importarle).

Unos años después, Canal Sur emitió un verano Star Trek y no me perdí un solo episodio. Ya sé que Star Trek es una serie de culto, uno de los puntales de la ciencia ficción televisiva/cinematográfica y todo eso, pero buena, buena, tampoco era. Yo me daba cuenta, en mi tierna adolescencia, de la cutrez técnica que emanaba del Enterprise, pero no me importaba. A mí me gustaban las historias y, sobre todo, los personajes. La pareja Kirk/Spock, adobada con Bones McCoy y con las salidas de Scotty es insuperable. Tanto es así que no reconozco como herederos legítimos a ninguna de las tripulaciones posteriores y que estoy profundamente enfadada con J. J. por la osadía de hacer una película sobre la tripulación original (en la que además estará Leonard Nimoy pero no William Shatner, supongo que porque el antaño dueño del mejor trasero de la galaxia y posterior destrozador de clásicos musicales [*] habrá puesto unas condiciones imposibles), aunque al final, como con Indiana Jones, acabaré pasando por el aro.

Dejando atrás la infancia y la adolescencia, la última serie (ya terminada) a la que me enganché fue Buffy, otra a la que se le pueden buscar justificaciones artísticas, intelectuales e incluso morales pero que, básicamente, es una serie para adolescentes, y que conste que tengo en DVD (original) sus siete temporadas.

Y en cuanto a las series actualmente en emisión (para mí El ala oeste sigue en emisión, al menos hasta que pueda conseguir con subtítulos en español sus dos últimas temporadas, pero creo que estamos de acuerdo en que en absoluto forma parte de esta categoría), sigo, de una manera relajada e inconstante, las peripecias de Wisteria Lane (aunque de la cuarta temporada no he visto nada al margen del incidente filipino) y del Hospital Seattle Grace (en el que por lo visto ahora, tal vez alarmados por la escasa consistencia dramática de la serie, van a convertir a Sandra Oh en lesbiana, siguiendo el camino abierto por Urgencias y, más recientemente, aunque sólo se parezca a la anterior en que hay un hospital y es una serie, en Hospital Central), que, aunque no sean más que culebrones con pretensiones, me entretienen, que no es poco.

[*] Como muestra de las aptitudes musicales de Shat, incluyo aquí su hilarante intervención en la ceremonia de homenaje que el American Film Institute ofreció a George Lucas. Sin palabras.

lunes, 29 de octubre de 2007

Contra YouTube

No es una declaración de guerra, pero plantar cara a YouTube es uno de los principales objetivos de Hulu, el nuevo portal puesto en marcha por la Fox y la NBC que emitirá on line películas, series y programas de ambas cadenas.

Hulu nació hace sólo unas horas y es pronto para evaluar sus contenidos (que aparecerán, eso sí, trufados de publicidad como lo hacen en la televisión), sobre todo porque aún no me han concedido el acceso que solicité esta mañana.

Según las cadenas impulsoras del proyecto, las bondades de Hulu residen en la emisión de programas completos y (aunque eso al usuario le da más igual) que no tendrán que enfrentarse a los derechos de autor con los que a diario tiene que lidiar YouTube (recordemos que hace unos días el popular portal anunció la puesta en marcha de un sistema para detectar si los contenidos publicados tienen o no copyright, lo que podría eliminar de sus archivos toneladas de material que habría que buscar en sitios oficiales como Hulu).

Habrá que ver cómo evoluciona esta versión beta, y si tiene las restricciones geográficas que muchas webs oficiales de las cadenas de televisión, aunque la riqueza de su catálogo (que incluye Héroes, The Office, Me llamo Earl, Los Simpson, Padre de familia, Bones, House...) y la promesa de que rescatarán joyas como Lou Grant o Alfred Hitchcock presenta bien merecen echarle un buen vistazo.

P. D.: Buscando información sobre Hulu, me he topado en Error 500 con una recomendación que, como de bien nacidos es ser agradecidos, reproduzco aquí: el plugin de Picnik, una aplicación web de tratamiento de imágenes, para Firefox. Si ya es cómodo, rápido y sencillo tratar imágenes con Picnik (que incluye las opciones más usuales, como cortar, redimensionar y enfocar fotos, entre otras), con un solo click puedes llevar una imagen vista en una web hasta Picnik y después publicarla en Flickr o guardarla en el escritorio.

lunes, 22 de octubre de 2007

La épica de la derrota

Tal vez sea cierto eso de que a los españoles nos complacen más los fracasos que los éxitos de nuestros compatriotas, pero eso no basta para explicar el radical cambio de los sentimientos colectivos hacia Fernando Alonso vivido en los últimos meses.

Yo soy cordobesa, y aunque no sienta demasiado apego por mi ciudad y no me corte un pelo a la hora de criticarla o de atacar el particular temperamento de los cordobeses, nunca lo hago entre extraños. Si estoy allí, o hablo con gente de allí, no hay ningún problema, pero cuando estoy con foráneos, no permito que nadie critique mi ciudad, como la madre que día tras día se queja de que su hijo es un trasto y saca las uñas cuando alguien osa corroborar la afirmación.

Imagino que es algo así lo que ha pasado con Alonso, aclamado como un héroe nacional cuando ganó su primer título y defenestrado cuando logró el segundo, algo sin duda agravado por la arrogancia exhibida durante meses por el piloto.

Pero este año ha sido diferente. Alonso se fue a la escudería británica McLaren, que se suponía fichaba al bicampeón del mundo para, básicamente, rendirse a sus pies. Pero nada más lejos de la verdad, porque Alonso se encontró en su propia casa a sus dos peores enemigos: Lewis Hamilton y el jefe de McLaren, Ron Dennis, dispuesto a todo para proteger a su pupilo, Lewis, aunque eso significase boicotear a la estrella de su propio equipo.

Los disparates se han sucedido a lo largo de toda la temporada que terminó ayer, desde la investigación a McLaren por espiar a Ferrari hasta las cuestionables decisiones de la FIA (la Federación Internacional de Automovilismo), que sancionaba por minucias a cualquiera que amenazase la hegemonía de Hamilton y perdonaba faltas mucho mayores al pupilo de Dennis, pasando por los extraños fallos en su coche a los que, carrera tras carrera, se enfrentaba el español.

Todo esto ha venido acompañado por una incesante campaña de desprestigio a Alonso en las páginas de los periódicos británicos, lo que, claro está, ha hecho salir a la madre que todos tenemos dentro para defender a nuestro churumbel, que ha vuelto a sentirse arropado por la prensa y los aficionados españoles (un apoyo que, además, ha agradecido), porque a los nuestros sólo los criticamos nosotros.

A estas alturas todos sabréis lo que ocurrió ayer en Brasil, en el Gran Premio que cerraba la temporada de Fórmula 1. Hamilton, Alonso y Raikkonen partían con opciones de llevarse el Mundial y, gracias al excepcional trabajo de los pilotos de Ferrari, Raikkonen y Massa, que sí que trabajan en equipo, y a los errores (más propios de un adolescente barriobajero que de un piloto profesional) de Hamilton, el título se fue para Ferrari.

Pero como parece que los mandamases de McLaren (con el imbécil de Ron Dennis a la cabeza, que es ese de la foto de la izquierda) no son mucho más maduros que su protegido, empezaron anoche a pelear en los despachos (y parece que la cosa va para largo) por no sé qué irregularidad en la temperatura del combustible (tal cual) de dos de los coches que entraron por delante de Hamilton, lo que le haría escalar plazas en la clasificación de la carrera de ayer y le daría el título de campeón del mundo a Hamilton.

El único consuelo que les quedó ayer a los más de ocho millones de personas que jalearon delante de la tele a Alonso fue asistir a la derrota de Hamilton, un resultado que, de alterarse en los despachos, no sólo soliviantaría a los seguidores españoles, sino que desprestigiaría para siempre a una competición envuelta desde hace tiempo en la polémica.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Abejas muertas

Hace varios días que no aparezco por aquí. No tengo ganas de escribir, y lo que es peor, nada que contar. Llevo diez días seguidos (con gripazo incluido) atrapada en un trabajo que es cada día más gris, deprimente y absurdo, pero la avalancha de peticiones (concretamente tres) para que escriba algo me han obligado a hacerlo.

Hoy me he despertado a las 5.30 de la mañana (sí, entraba a las siete) y el fastuoso gestor de contenidos con el que batallo a diario desde hace un año ha decidido, a eso de las nueve (después de llevar renqueando dos horas), dejar de funcionar por completo, así que digamos que no ha sido una mañana precisamente entretenida.

Para intentar arreglar el día (llega un momento en que ni la perspectiva de descansar hasta el lunes proporciona el más mínimo consuelo), me he puesto esta tarde el tercer capítulo de la octava temporada de CSI, titulado Go to hell.

Pero, como no era mi día de suerte, me ha tocado un episodio de lo más sombrío, que arranca con un predicador (Harold Perrineau, el padre de ¡Waaaaaaalt!) alertando a una congregación de muertos vivientes (no, no eran zombis, pero estaban muy cerca de serlo) sobre la inminencia del fin del mundo, porque, dice, ya estamos viviendo en el infierno.

El paso de los minutos no ilumina para nada el tono de la historia, que incluye una conversación entre Grissom y Sara en la que él habla de estudiar las abejas para averiguar por qué están muriendo tantas por todo el mundo, a lo que ella contesta que ha leído que la especie humana desaparecerá cuatro años después de que lo haga la última abeja. Grissom le dice que "el mundo terminará... algún día".

El episodio se abre y se cierra con la muerte de una abeja, así que quizás el infierno ha empezado ya a instalarse entre nosotros.

P. D.: Como llevo un tiempo ausente, no he podido despedir como se merece a una amiga y compañera que nos ha dejado hace unos días. No, gracias a Dios no ha muerto, aunque sí que ha pasado a una vida mejor. Espero de todo corazón que le vaya lo bien que merece.

P. D. (II): Y también felicito a otro amigo y compañero (que aún no tiene blog al que lo pueda enlazar, aunque supongo que todo se andará), que este jueves cumple 32 añazos. Felicidades.

P. D. (III): Me voy a pegar esta noche un atracón de Cómo conocí a vuestra madre, a ver si se me levanta un poco el ánimo, porque este texto me ha quedado de lo más siniestro...

miércoles, 10 de octubre de 2007

Resucitado

Creo que no hace falta aclararlo, pero prefiero cubrirme las espaldas. Este texto no es, en ningún modo, una burla sobre lo ocurrido ayer en Bilbao, o sobre el propio terrorismo y, desde luego, no tendría sentido si el atentado no hubiese acabado con el escolta herido saliendo del lugar de los hechos por su propio pie.

Sabemos que la actualidad manda, que hay que dar la noticia antes que nadie y que si de repente pasa algo muy gordo a veces no hay tiempo de investigar mucho antes de comunicarlo, como también sabemos que la premura que imponen la radio y la televisión es mucho mayor que la que impone la prensa, sea impresa o digital. Por eso todo el mundo entiende que en el primer fogonazo informativo no se den muchos datos en radios y televisiones, o sólo se dé el titular, acompañado de un "estamos confirmando datos", "estamos recabando información", etcétera.

Pues esos detalles, tan de sentido común (no hace falta ser periodista para darse cuenta de que es una barbaridad soltar en antena lo primero que encuentras), a menudo se olvidan. Como todos sabréis, ayer hubo un atentado en Bilbao. Un escolta de un concejal vasco del PSE, que además era militante del PP, resultó herido tras la detonación de una bomba-lapa adosada al vehículo de su protegido. Por suerte, Gabriel Ginés salió vivo del ataque, e incluso fue capaz de subir, por su propio pie, a la ambulancia que acudió a atenderlo al lugar de la explosión.



El atentado tuvo lugar cerca de las 14.00, un momento crítico en las redacciones porque los del turno de mañana sólo piensan en irse a comer y los de la tarde aún no han llegado. Parece una tontería, pero es lo único que se me ocurre para explicar el disparate informativo en torno al suceso.

Yo me enteré de la noticia en El programa de Ana Rosa (creo que no lo he mencionado, pero seguía enferma, con fiebre, y de hecho no fui a trabajar esa tarde, lo que me exime de cualquier responsabilidad moral por ver AR). En la mesa de tertulia política tenían a la ministra de Educación, Mercedes Cabrera, y AR la cortó para dar paso a un tipo que sale en el programa (no sé quién es, sólo que es bastante siniestro y se encarga de los sucesos): atentado en Bilbao sin heridos. Segundos después, AR da paso a Hilario Pino para un avance informativo. El pobre Hilario, cuya mente tarda casi un minuto en componer una frase para explicar que la bomba estalló cuando arrancó el coche, dice que hay un herido. Vale, un herido. Hago zapping por los canales, incluyendo los de información 24 horas, para saber más, pero no hay nada, así que espero que a las 14.00 empiece el de Canal Sur.

Para quienes no los conozcan, los informativos de Canal Sur arrancan a las 14.00, con un sumario general, después pasan a uno andaluz y luego a las desconexiones provinciales para, a las 14.30, pasar al informativo propiamente dicho. Pues a las 14.00 una de las presentadoras, ni corta ni perezosa, suelta que en el atentado de Bilbao ha muerto una persona. Naturalmente, me quedo a cuadros, y comienzo una segunda ronda de zapping para ver si realmente el hombre ha fallecido. Pero no, era simplemente una columpiada de la presentadora, porque a las 14.30, una compañera, no ella, confirma que Gabriel Ginés está sólo herido.

¿Tanto trabajo costaba decir que no se sabía si había o no víctimas, que estaban recabando información, contrastando los datos o cualquier otra cosa antes de asegurar alegremente que ha muerto una persona? Por lo visto sí, porque a nadie le importó que Gabriel Ginés estuviese muerto durante media hora, al menos para los informativos de Canal Sur.

Lo más delirante es que la misma presentadora asesina ha vuelto a hablar este mediodía del tema y ha dicho algo así como que toda la historia estuvo envuelta por la confusión. Lo que no ha dicho es que era ella la causa de dicha confusión.

domingo, 7 de octubre de 2007

Bajo mínimos

Estoy enferma. Mocos, tos, dolor de garganta, fiebre, escalofríos, debilidad neuronal, ganas de morirme... En definitiva, todos los síntomas de un catarro de campeonato. Ha refrescado un par de noches y ya he cogido el primer resfriado de la temporada, lo que me invita a pensar que igual mis defensas no están demasiado finas y que debería hacer algo con ellas si no quiero estar así hasta mayo.

Entre Frenadol y Frenadol, esta tarde me he aprovechado de la pericia de Carles para repescar algunos programas de Sé lo que hicisteis (que casi nunca puedo ver por culpa del maldito trabajo), entre ellos el divertido musical con el que celebraron el viernes su programa número 100 (con Ángel Martín haciendo del Travolta de Grease) o aquel otro en el que Ángel se desahogó y dijo todo lo que pensaba sobre la inmunda ¿investigación? que están llevando a cabo en La noria sobre la muerte de Antonio Puerta (anoche seguían, por cierto, con la misma basura), aunque lo de La noria, y Telecinco, no es nuevo, ni siquiera sorprendente, sino sólo un paso más en la irrefrenable carrera hacia el abismo en la que compiten la mayor parte de los medios de comunicación.

sábado, 6 de octubre de 2007

Cuatro meses más

[Si no has visto la tercera temporada de 'Perdidos', no pierdas el tiempo leyendo esto y ponte a verla YA, para que tengas las mismas ganas que yo de que llegue la cuarta]

Creo que hasta ahora lo he llevado bien, en ocasiones, hasta con dignidad. El tiempo iba pasando y, aunque por doquier aparecían rumores, supuestos spoilers e incluso alguna noticia, me mantenía al margen y ya está. Tras la desesperación inicial (para qué negarlo), una mañana me desperté y pensé que no pasaba nada, que nueve meses no era tanto tiempo y que enseguida llegaría febrero. Supongo que las vacaciones y la larga lista de cosas por ver y por leer que tenía pendientes ayudaron a mitigar la espera.

Todo iba bien, hasta que dejó de ir bien. Terminó el verano y con la llegada del otoño comenzó el regreso masivo de las series, con algún retorno esperado y alguna que otra sorpresa agradable entre la ristra de debutantes que cada año se instalan en las parrillas. Pero faltaba una. Todos sabíamos que faltaba, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta para que no cundiera el pánico. Entonces empezó la segunda temporada de Héroes y la ausencia se hizo aún más dolorosa.

Para colmo, ya han aparecido los primeros vídeos con el sello oficial impreso a fuego que preludian la cuarta temporada, entre los que destaca uno con un seis oculto (ya estamos otra vez con los jueguecitos), que no han hecho más que terminar de llenar el vaso de mi ansiedad.

Ya sé que aún quedan otros cuatro meses de espera (volverá el seis o el siete de febrero, según se rumorea), pero sencillamente, como decía Locke antes de bajar a la escotilla, ya estoy harta de esperar. Echo de menos encender el ordenador cada jueves por la mañana para descargar el episodio, entrar 200 veces en Lostzilla para ver si ya han terminado los subtítulos (una vez más, gracias) y, sobre todo, los capítulos, desde el previously que determina a quién le toca esa semana el flashback (o, a partir de ahora, el flash-forward), hasta el siempre desasosegante final, pasando por cada uno de los giros, las sorpresas, los sustos, las alegrías y también las decepciones que estos tipos son capaces de meter en poco más de 40 minutos de ficción.

Muchos dicen que están cansados de tanto enigma, de tanto misterio, de tantos sucesos inexplicables, pero a mí me encanta que me intriguen, incluso que me engañen, siempre que el engaño esté tan bien dispuesto como hasta ahora. I want to believe, pero también quiero saber.

Quiero saber qué es la Iniciativa Dharma, qué pintan en la isla los osos polares, qué es el humo negro, dónde está el resto de la estatua del pie de cuatro dedos, qué hacía el padre de Locke en la isla, por qué la isla cura a unos (la parálisis de Locke, el cáncer de Rose) pero no a otros (Ben), por qué las mujeres allí no pueden tener hijos, por qué Richard no envejece, dónde está la isla y toda la historia esa del campo electromagnético, qué pasó con Walt, qué significan los malditos números, de dónde vienen las visiones de Desmond, qué hay de cierto en los delirios de Locke, quién demonios es Jacob, quiénes son exactamente Los Otros, a qué juega Ben, dónde está el cuerpo del padre de Jack, qué les pasó a los compañeros de Rousseau, para qué sirven realmente los búnkers, por qué un grupo de personas tan singulares terminan viajando juntos en el mismo avión y por qué el aparato se estrella precisamente en esa isla, quiénes son los del barco, qué es el monstruo, como llegó La roca negra al centro de la isla, quién ocupa el ataúd del funeral al que asiste Jack, por qué en el futuro su padre está vivo, por qué ansía tan desesperadamente volver a la isla...

Seguro que me dejo en el tintero alguna que otra pregunta, pero da igual. Lo único que deseo es que, al final del camino, haya una respuesta convincente. Pero, más que nada, lo que quiero es disfrutar del viaje. Ya sólo quedan cuatro meses.

viernes, 5 de octubre de 2007

Polémicas estúpidas

Ya sabemos lo delgada que es la línea que separa lo apropiado de lo inapropiado. Sabemos que en España, el horario de protección infantil no es más que un eufemismo y que en la sobremesa podemos ver todo tipo de atrocidades y vulgaridades (ahí están Aquí hay tomate y los resúmenes de Gran Hermano), aunque la ficción nacional tenga siempre un sesgo familiar que elimina cualquier contenido que pueda suponer una ofensa al espectador (las apariciones de elementos como lenguaje soez, violencia o sexo son meramente colaterales, tangenciales, y siempre se muestran de un modo sutil y mojigato).

Decimos siempre que el cine y la televisión españoles son mucho más libres que sus hermanos norteamericanos, porque allí no pueden mostrar secuencias de sexo explícito en la pantalla grande (si lo hacen, saben que se ganarán a pulso la etiqueta de para mayores de 18 y perderán millones en la taquilla), pero nos olvidamos de Los Soprano, de A dos metros bajo tierra, de Dexter, protagonizada por un asesino en serie, o de Californication, centrada en las andanzas de un tipo que fuma sin parar (también marihuana), suelta un taco cada vez que abre la boca y, como bien indica el título, tiene una vida sexual de lo más ajetreada (y además David Duchovny enseña el culo, ¿qué más se puede pedir?).

Pero claro, todo eso se puede ver en la televisión de pago, no en ninguna de las grandes networks, que, como ya vimos en Studio 60, tienen que tener mucho más cuidado con lo que emiten para no herir las susceptibilidades de los espectadores y, sobre todo, de los anunciantes.

La polémica estúpida de la semana tiene que ver precisamente con uno de esos deslices, una tontería que ha molestado no sólo a los filipinos, sino también al Gobierno del archipiélago. ¿Y qué ha provocado tanto revuelo? Pues un chiste (sin demasiada gracia, todo hay que decirlo), incluido en la premiere de la cuarta temporada de Mujeres desesperadas.

En una secuencia del episodio Susan va al médico, interpretado por Nathan Fillion (esa criatura que lleva el gafe a cuestas como una mochila, que acabó con Firefly y Drive y que, claro, tenía que estar en la secuencia de la polémica). No sé qué es lo que le pasa a Susan, porque no he visto el capítulo completo, pero el caso es que el doctor Fillion alude a la posibilidad de que haya entrado en la menopausia. Ella se pone hecha una furia y le pide ver de cerca todos esos diplomas que cuelgan de la pared, no sea que alguno de ellos sea de "alguna escuela médica de Filipinas".

Y ya está, eso es todo. Pero esa minucia ha levantado una ola de indignación entre la comunidad filipino-estadounidense, que ha orquestado una campaña para que la ABC se retracte, cosa que ya ha hecho, aunque la polvareda ha llegado ya al Gobierno filipino, que exige que se vuelva a editar el episodio y que se emita de nuevo sin la ofensiva frase.

La polémica es sin duda excesiva, pero esta oleada de neo-corrección política no es exclusiva de EEUU. No hay más que recordar la retirada en España (Hernán Casciari hizo en Espoiler un top ten de la censura publicitaria) de anuncios del Burger King, Bocatta, de Dolce & Gabanna, algunos de AXE o aquel de Amena protagonizado por enanos que duró en antena poco más de unas horas.

lunes, 1 de octubre de 2007

Empatía

Quienes dicen que la historia lo es todo se equivocan. La máxima puede cumplirse en algunas novelas, películas e incluso alguna serie, pero si no hay unos buenos personajes que la sustenten (y unos actores que los hagan creíbles), la historia, por grandiosa que sea, sencillamente se desplomará.

Si esto es así en el caso de la ficción cinematográfica y literaria, qué decir de la televisiva, que nos presenta a unos individuos a los que veremos (en teoría) cada semana durante años, más incluso que a esos amigos a los que vemos de año en año o a esos familiares con los que sólo nos encontramos en Navidad.

Incluso las series con un marcado sesgo argumental (sí, una vez más hablo de Perdidos) necesitan personajes eficaces para poner en marcha la historia. Si nos diese igual lo que les pasase a los náufragos, no habría enigma capaz de mantenernos, tres años después de que el avión se estrellase, pegados aún a las pantallas pendientes de su suerte.

Y ésa es precisamente la clave, que nos importe lo que les pase. Por eso en la franquicia CSI sólo funciona (en mi opinión) el grupo de forenses original y no los de Nueva York (por insulsos) ni los de Miami (porque son sencillamente insoportables). En mi caso, puedo aguantar episodios de las dos últimas, pero no me quedaré viendo reposiciones hasta las dos de la mañana, como sí me pasa con los investigadores de la ciudad del pecado.

Como las personas reales, también las ficticias evolucionan, maduran, desde los trazos en ocasiones breves y arquetípicos con los que nacen, hasta alcanzar la naturaleza poliédrica y compleja de todo ser humano. Si no lo hacen, Sawyer siempre será un simple macarra, Sayid sólo un torturador, Jack un héroe infalible y Locke un explorador aficionado a los cuchillos y con delirios paranoides sobre el destino. Pero ellos, al contrario que los forenses de Miami (siento volver a atacarlos, pero es que no los soporto) y que muchas series españolas (el caso más reciente tal vez sea RIS, que, con una producción cuidada y unos guiones no buenos pero tampoco irrisorios, falla porque sus personajes no enganchan), sí han crecido, y por eso he estado tres años deseando saber la causa de la parálisis de Locke y con quién se quedaría por fin Kate (y también lo de los números, y lo de Dharma, y lo de la estatua con el pie de cuatro dedos...).

Si los personajes están bien construidos y bien interpretados, los incorporaremos a nuestra vida como unos amigos más, y sonreiremos emocionados cuando Marshall y Lily se reconcilien, brotaran las lágrimas cuando Monica le pida a Chandler que se case con él y nos conmoverá (por muy mal que nos caiga ella, como es mi caso) ver al fin a Grissom feliz y enamorado.