viernes, 31 de octubre de 2008

Perlas del periodismo

Cuando trabajas en un periódico puedes escuchar perlas tan sabias como ésta o o esta otra, leída en los comentarios a un reportaje sobre Halloween que, como es habitual, se llenó de gente que despotricaba contra la invasión de tradiciones y manifestaciones culturales extranjeras (sobre todo si son norteamericanas). Así es como este comentarista zanjaba el debate:
"Y la Navidad también es una fiesta extranjera, ¿o es que Jesús nació en Alicante?"
Por desgracia no lo zanjó y alguien menos inspirado (al que ni siquiera le voy a corregir las faltas de ortografía, expresión y puntuación) le respondió esto:
"Gente como tú sois los que estais mandando este país a la "M", una panda de vagos, flojos y borra-chos que solo piensan en pamplinas sin argumento, la navidad es por la religión, no es extranjera, es mundial, por otro lado, para disfraces teneis los carnavales, que todavía os sabe a poco. Hay que culturizarse un poco, divertirse, pero a lo justo, y ser un poco más de carácter, que cualquier tonto de fuera nos pisan".
En la línea de sabiduría de este último comentario, encontré ayer este otro, en la noticia del libro de Pilar Urbano sobre la Reina (este tampoco lo voy a corregir, ni siquiera las mayúsculas):
"CREÍA QUE LA REINA ERA MÁS MODERNA Y PROGRESISTA (INCLUSO TIENE UN CENTRO DE ARTE MODERNO CON SU NOMBRE)".
Tampoco voy a comentarlo, porque cualquiera puede imaginar lo que pienso de un tipo que cree que alguien es progresista porque tiene un centro de arte moderno con su nombre.

Seguimos con gente, en este caso profesionales del periodismo, que un día después del último atentado de ETA escogen para su titular de portada no la noticia en sí (un coche-bomba de ETA explota en la Universidad de Navarra, en cualquiera de sus variantes), sino sus ramificaciones locales para poner esto: Alumnas de un colegio de Almería se salvan del atentado de ETA por minutos. Que viva el localismo. Por si esto fuera poco, en el mismo periódico encontramos (cuatro columnas enteritas en la página 4 de su edición impresa) el relato de un estudiante de la Universidad de Navarra, que este verano hizo en el diario almeriense unas prácticas en las que no aprendió absolutamente nada, porque su crónica del suceso es un ejemplo de no periodismo que debería formar parte del temario de cualquier asignatura de redacción. Lo peor no es que el chaval no tenga ni puñetera idea de cómo se escribe en un periódico, sino que alguien que sí debería saberlo le publique esta aberración (pongo sólo el enlace porque me da miedo copiarlo aquí).

Termino este pequeño muestrario de perlas periodísticas con otra pieza en la que la estupidez no está, faltaría más, en el periodista, sino en los sujetos (sujetas, para que no se molesten) de los que habla. La noticia es que las miembras del Consejo Municipal de la Mujer de Córdoba aseguran que "el término mujer no incluye la diversidad y pluralidad de las mujeres y colectivos que lo constituyen", y por eso quieren llamarse a partir de ahora Consejo Municipal de las Mujeres, una tontería que, de ser aprobada, puede costar un dineral entre cambio de reglamento, cartelería, papelería...

La pieza firmada por Jesús Cabrera se titula No es lo mismo mujer que mujeres, y empieza así:
"La precisión en el lenguaje va a dar una vuelta de tuerca más. La semántica de los vocablos ha dejado de ser fruto de la decisión libre y democrática de quienes usan las palabras, ya que ahora las instituciones también deciden cómo se escriben las palabras y qué significan".
Creo que esto tampoco necesita comentario.

jueves, 30 de octubre de 2008

Libros y librerías en Nueva York

[A pesar de que es en San Eustaquio donde estamos contando el viaje a Nueva York -no en vano fue el epílogo del bodorrio-, creo que para hablar de los libros y las librerías que vimos allí debo hacer un crossover aquí para de paso dar un respiro de tanta repostería a nuestros selectos seguidores]

Para alguien que adora los libros un recorrido por librerías y bibliotecas es un capítulo imprescindible en cualquier incursión en tierras extrañas, y Nueva York no iba a ser una excepción. Pero como este fue un viaje atípico, precedido de varias semanas de estrés que no me permitieron planificarlo como me habría gustado, el paseo libresco fue una improvisación sobre la marcha.

Así, por azar, nos topamos con el Borders junto al Madison Square Garden, en el que incumplí uno de mis mandamientos (no salir de una librería sin haber comprado nada) porque, técnicamente, ya había comprado en un Borders (el año pasado, en Londres, salí con las bolsas a tope). Y también por casualidad encontramos, nuestro primer (y por ahora único) domingo en la Gran Manzana, después de habernos puesto chorreando en Central Park y de habernos encontrado en el Guggenheim con Kevin Kline, Wim Wenders y un museo que es un timo (ya contaré todo esto con más detalle en San Eustaquio), con una Shakespeare & Co mientras paseábamos por la apacible Lexington Avenue. Allí sí cayeron un par de libritos cuanto menos curiosos: una guía no de viajes, sino de novelas clásicas (The Rough Guide to Classic Novels), y otra recopilación peculiar, Who the Hell is Pansy O'Hara?, que lleva el subtítulo The Fascinating Stories Behind 50 of the World's Best-Loved Books.

En esa azarosa y nada programada ruta también pasamos por la Barnes & Noble de la Quinta Avenida, que vimos (la tienda, no la avenida) uno de nuestros últimos días allí y en la que por supuesto entramos. Parecida a Borders (megalibrería con discos, películas, papelería... como la Fnac, vamos), lo que me fascinó fueron sus terminales informáticos para la búsqueda de libros, que no sólo te indicaban si el ejemplar solicitado estaba o no en la tienda y te mostraban en un mapa dónde estaba exactamente, sino que te imprimían un recibo con la localización del libro (sección, subsección, estante...) y una pequeña lista de lecturas recomendadas. De allí me llevé otra rareza que iba buscando, Why Not Catch-21? (The Stories Behind the Titles).

Pero en este recorrido sí había dos paradas programadas.
















La primera de ellas, la Biblioteca de Nueva York (no sólo porque saliese en Los cazafantasmas, que también), una maravilla arquitectónica (hablo de la más conocida, la de los leones custodiando la entrada) que se alza en la calle 42 con la Quinta Avenida y a la que homenajea la Library Way, una manzana (la calle 41 entre la Quinta Avenida y Park Avenue) alfombrada con placas en las que se pueden leer fragmentos de clásicos literarios.
















En el impresionante edificio, además de su enorme sala de lectura, sus salas de investigación, su tienda, sus señoriales escaleras y sus preciosos arcos decorando los techos, hay una Biblia de Gutenberg, aunque no pudimos verla porque al parecer Winnie the Pooh y sus compañeros se la habían llevado para leerla en la playa durante sus vacaciones y no volvería hasta el otoño.























La otra parada programada del circuito no fue planificada antes de pisar la Gran Manzana, sino justo después de ver un cartel que anunciaba la existencia de una librería con 18 millas de libros. Evidentemente, un sitio así merecía una visita. Y allí fuimos. La librería en cuestión es Strand, cuya central está junto a Union Square, escenario de un particular mercadillo al que los agricultores de todo el estado van a vender sus productos.











De un simple vistazo comprobamos que Strand es fiel a su eslogan. No sé si había o no 18 millas de libros, pero la cantidad de volúmenes que había por todas partes, en apiñadas estanterías que llegaban casi hasta el techo, en mostradores que había en cada rincón, repletos de libros diferentes (nada de pilas de un mismo título), era apabullante. Sin necesidad de una investigación exhaustiva, uno tenía claro que allí había de todo. Tanto, que incluso venden libros de segunda (o tercera mano) al peso o por metros (pies, más bien). Y lo mejor es que son muy baratos. En muchos casos el descuento llega al 50 o 60 por ciento sobre el precio que el editor marca en la contraportada (no hablo de los libros de oferta, sino de los precios habituales que allí tienen las cosas), aunque en Strand no basta, como es habitual, con un somero repaso para ver qué tienen. Allí hacen falta varios días sólo para echar un vistazo por encima.

Pese a las dificultades (había, además, muchísima gente), arrasamos en la zona de merchandising (un concepto que algunas tiendas de aquí deberían fomentar), donde nos compramos esta camiseta con un verdadero ratón de biblioteca (una para cada uno, aunque él también se compró esta otra), dos tazas (esta para él y esta otra para mí) y un bolso para mí (Una bolsa llena de libros), en el que metí los tres libros que compré allí: 1.000 places to see before you die, Catch as Catch Can (que reúne varios textos de Joseph Heller, incuida una especie de continuación o complemento a Trampa 22) y Consider the Lobster, la versión original de Hablemos de langostas, el único libro de David Foster Wallace que encontré en todas las librerías en las que visitamos en NY. Un dependiente de Strand nos aclaró el misterio: cuando murió sus seguidores fueron llevándose, uno a uno, todos los ejemplares de sus obras que encontraron. "Este es el único que tenemos, aquí y en nuestros almacenes, y apenas quedan en toda la ciudad", nos dijo. "Deberíais haber venido antes de que muriera". En la tienda había varias fotos suyas de actos que había celebrado allí y en uno de los escaparates una especie de altar le rendía homenaje. Sí, debimos ir antes de que muriera.

domingo, 26 de octubre de 2008

'Apple pie Mninha's style'

[La duda no proporciona seguridad alguna, así que he decidido que a partir de ahora utilizaré nombres sugerentes en lugar de signos de interrogación cuando de mis maniobras en la cocina resulte algo no demasiado parecido a la receta original]

Lejos de amedrentarme por el semifail que salió de mi primer intento de arroz con leche (difícilmente identificable como tal, algo duro pero sin embargo rico), y antes de que se me pasase la fiebre repostera, decidí probar suerte con la tarta de manzana.

Esta vez no saqué la receta de la web de Arguiñano, sino de esta otra. Como hay que ir pantallita a pantallita para ver los pasos de la elaboración, me permito resumirlos aquí:
Ingredientes

Para la masa:
- 125 gr. de harina.
- 65 gr. de azúcar.
- 65 gr. de mantequilla.
- 1 huevo.
- Sal.

Para el relleno:
- 1/2 l. de leche.
- 100 gr. de azúcar.
- 40 gr. de maizena.
- 2 huevos.
- 2 yemas de huevo.
- 1 manzana reineta grande.
- 150 gr. de mermelada de albaricoque.

Elaboración:
Para la masa, se coge la harina, el azúcar, la mantequilla y un huevo y se mezcla. Después, se estira sobre un molde y se cubren sus paredes con la masa. Se mete en el horno 15 minutos a 175º y se aparta.

Mientras tanto, mezclamos y removemos la maizena, la otra porción de azúcar y el resto de los huevos, un potingue al que hay que echarle poco a poco leche fría sin dejar de remover y después ponerlo con un cuarto de litro de leche calentito que debemos tener en el fuego. Seguimos removiendo y cuando espese se vierte sobre el molde. Encima colocamos las rodajitas de manzana y sobre ellas la mermelada. Media hora al horno a 150º y listo.
Hasta aquí la receta oficial. Ahora empieza la mía.

Aunque en la caja que compré el otro día pone Maizena - Harina de maíz, por lo visto eso no es harina. Primer fallo, que podría explicar por qué mi masa era más bien líquida y, aunque la unté por las paredes del molde, en cuanto lo metí en el horno se deslizó todo hacia la base.

Una vez pasados los 15 minutos de horno que indicaba la receta, aquello tenía aún peor aspecto, así que, a punto de abandonar y mandarlo todo al infierno, decidí dejarlo más tiempo en el horno, hasta que aquello al fin se solidificó y dio lugar a algo que ni en el mejor de los casos podría denominarse tartaleta, todo lo más tartaleta-tortilla, porque era eso lo que parecía.

Una ver ¿superado? el primer escollo, seguimos con el relleno (prescindí de la sal y dejé en uno solo, completo, los dos huevos y dos yemas de la receta), que mezclé y batí pero no había forma de que se espesase. En ese momento, como tantas otras veces, Lord Mninha acudió al rescate (aunque ya lo podía haber hecho un ratito antes) y me dijo cómo podía conseguir que aquello se espesase: subiendo la temperatura y removiendo más rápido.

El mejunje se espesó y lo pusimos encima de la tartaleta-tortilla (era poco mejunje, al menos para un molde tan grande). Él cortó la manzana y yo la coloqué sobre la plasta y por último le puse mermelada por encima (pero no de albaricoque, o melocotón, como recomiendan muchas webs, porque la odio, así que probamos con la de cabello de ángel, sin duda la cosa más azucarada que he probado nunca). Y al horno.

Media hora después aquello tenía el mismo aspecto, así que lo dejamos un rato más, con el botón de gratinado encendido para que al menos se tostase un poco la manzana. Cuando estuvo tostadita, sacamos del horno esto:

Se puede cuestionar su ortodoxia o si puede ocasionar un coma diabético (nota mental: menos azúcar la próxima vez), pero no su sabor (está increíblemente deliciosa, aunque esté mal que yo lo diga) ni su naturaleza: es una tarta de manzana.

sábado, 25 de octubre de 2008

¿Arroz con leche?

Para mi debut en el mundo de los dulces (en otras ramas de la cocina me desenvuelvo bastante bien, que conste) escogí el arroz con leche, un plato sencillo, que no requería demasiado esfuerzo (ni tiempo) y que siempre ha sido uno de mis postres favoritos (no en vano devoraba las suculentas y enormes fuentes que preparaba mi abuela hasta que dejó de hacerlas).

Como de casi todo, en internet hay cientos (si no miles; tampoco busqué mucho) de opciones, recetas y trucos, y ante la saturación de información, datos y opiniones (sí, en la Red hay sitio hasta para escuelas de opinión sobre cómo se debe hacer el arroz con leche) decidí acudir a una fuente fiable: Karlos Arguiñano.

Por desgracia (o por suerte, porque como se ponga a cantar te puede dar el día) no le tuve en mi cocina, así que tuve que conformarme con la escueta receta que tiene en su web y que paso a copiar aquí:
Ingredientes:
-1 l. de leche.
-1/2 rama de canela.
-125 gr de azúcar.
-150 gr de arroz.
-La cáscara de media naranja y de medio limón.
-Canela molida.  
Elaboración
Pon a hervir la leche con el palo de canela y las cáscaras de limón y naranja. Cuando empiece a hervir añade el arroz lavado y deja cocer lentamente durante 20 minutos removiendo de vez en cuando. Añade el azúcar y sigue cociendo lentamente durante otros quince minutos más hasta que obtengas una textura cremosa. Reparte en recipientes individuales y espolvorea con un poco de canela molida.

La cosa no parecía difícil, así que compré los ingredientes y me puse manos a la obra. El resultado fue esto:

Algo que a un amigo le costó identificar como arroz con leche cuando le envié la foto (gracias por el apoyo), que mi marido definió como un candidato ideal a participar en una película carcelaria (en el papel de la plasta informe e inidentificable que sirven en el comedor) y que yo describo como arroz duro con leche, amarillento y pastoso. Curiosa e inexplicablemente, está bueno, aunque a la receta de arriba debo añadir un par de consejos:

-Aunque ponga un litro de leche, tened a mano dos. Si tenéis una caja a punto de caducar y os preguntáis qué hacer con ella, id a por otra antes de hacer el arroz con leche. Cuando se mete en el frigorífico la leche intima bastante con el arroz y juntos forman una plasta sólo manejable si le añades más leche.

-La receta dice "mover de vez en cuando". Error. Hay que removerlo mucho y prestarle atención constante, porque si lo dejas cociendo y te pones a tender ropa, como fue mi caso, aunque cada minuto vayas a echarle un ojo, el azúcar se pega a la cacerola, obligándote a retirarlo antes de tiempo (por eso estaba duro) y dejándote, además de un bol lleno de una plasta con aroma a canela, una olla adornada con una bonita capa de azucar, leche y arroz requemado y pegado a la base que cuesta Dios y ayuda quitar.

jueves, 23 de octubre de 2008

Con los pelillos de punta

Ya ha empezado la cuenta atrás para la quinta temporada y este vídeo no sólo es oficial, sino que contiene imágenes de la nueva entrega de las peripecias de los náufragos (y de los rescatados, y de los que se quedaron, y de los que tienen que volver...) que me han puesto, como bien indica el título de este pequeño texto, los pelillos de punta.

También tiene algunos fotogramas del final de la anterior, así que si no vais al día no es buena idea verlo...

miércoles, 22 de octubre de 2008

Estropicios en la cocina ('aka' con las manos en la masa)

  • Maizena - 1,58 euros
  • Huevos - 1,09 euros
  • Mantequilla - 1,90 euros
  • Levadura - 1,35 euros
  • Rallador - 3,50 euros
  • Canela - 1,50 euros
  • Batidor - 2,25 euros
  • Confitura - 1,75 euros
  • Manzanas - 2,88 euros
  • Un molde monísimo - 11,50 euros
La ilusión de alguien dispuesta a debutar en el mundo de la repostería con una tarta de manzana no tiene precio (salvo que la gesta ocasione algún estropicio en el hogar), aunque con tanta tontería la puñetera tarta me va a salir por un pico.

Para no lanzarme de entrada a la aventura de las tartas voy a debutar primero con algo más modesto, un arroz con leche. A ver qué rompo.

P. D.: Sí, el impulso repostero nace del mismo sitio que el estudiantil, de una especie de inquietud (o algo así) por hacer cosas diferentes (y no tan arriesgadas como lanzarse en paracaídas), aunque, ahora que lo pienso, todo empezó cuando pillé en el Plus la semana pasada un episodio de Pushing Daisies. Igual tiene algo que ver que su protagonista sea pastelero...

martes, 21 de octubre de 2008

De vuelta al cole

No es vacío, ni crisis vital, ni la necesidad de hacer algo con mi vida (acabo de casarme, tengo un trabajo más o menos estable -crucemos los dedos con la que está cayendo- y tengo aún por delante una larga hipoteca que deja bastante claro qué hacer con mi vida: trabajar para pagarla), así que quizá sea que cada día me aburro más en mi trabajo, no importa si tengo mucho o poco que hacer. El caso es que, casi una década después de abandonar la vida estudiantil (con mi poco útil título de Periodismo bajo el brazo), voy a volver a estudiar. El trabajo y el resto de quehaceres cotidianos me hacen imposible matricularme en cualquier enseñanza presencial, así que voy a optar por la educación a distancia, o sea, la UNED, en concreto la licenciatura de Filología Inglesa, una de las carreras, junto a Historia, que dejé de lado para zambullirme en el apasionante mundo del periodismo.

No sé si tendré éxito o si la abandonaré dentro de un par de meses, pero al menos voy a intentarlo (sí, ya sé eso de "hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes"), a ver qué pasa.

Por lo pronto me he reencontrado con la fascinante burocracia universitaria, esa que tampoco echaba de menos y que te cobra 24 eurazos por una copia de tu expediente después de hacer cola durante toda una mañana, porque aunque la Facultad de Ciencias de la Información de Sevilla se haya convertido en Ciencias de la Comunicación y haya abandonado el vetusto pero entrañable edificio de Gonzalo de Bilbao para trasladarse a un espacioso y moderno inmueble en la Isla de la Cartuja sigue habiendo una sola persona que atiende al público en la ventanilla de la Secretaría.

A finales de semana espero haber completado la matrícula -no sé por qué dicen que se puede hacer por internet si luego te piden que envíes una absurda fotocopia compulsada de tu título (¿no te doy mis datos? Mételos en el ordenador y compruébalo)- para poder empezar con la parte divertida: comprar los libros y aprender, porque esta vez no voy a conformarme con aprobar.

sábado, 18 de octubre de 2008

David Foster Wallace

Ocurrió unos días antes, pero no lo supe hasta que me quedaban cinco días para casarme. Estaba inmersa en una nada placentera jornada peluqueril cuando mi aún inminente marido me llamó para darme la noticia. "David Foster Wallace ha muerto". "¿Qué? ¿Foster Wallace?". "Sí, se ha ahorcado en su casa". No supe qué decirle y, aunque esa semana lo intenté en varias ocasiones, tampoco supe qué escribir. Tal vez lo mejor fuese imitar a Montse, de Últimas páginas, y no escribir nada, porque no se me ocurría una forma de decirle adiós que fuese digna de él (aunque algunos, como Rodrigo Fresán o Eduardo Lago, lo han intentado).

Ha pasado bastante tiempo, pero sigo sin saber cómo hablar de él, o de su muerte. No sabía mucho sobre él, aparte de lo que leía en los libros que escribía (que hablaban mucho más de él que tantas otras historias supuestamente autobiográficas que pululan por ahí), y lo poco que leí en alguna entrevista o reseña, porque sólo me interesaba lo que escribía. Sabía que es (o era) el mejor novelista de su generación, alguien que inspiraba a los que le rodeaban (fuesen amigos o alumnos de sus clases de escritura creativa), y que todos los que le conocían le querían y respetaban (también sus colegas, una camaradería que no estamos acostumbrados a ver por estos lares). Sabía que su fuerte son los artículos-reportajes-cuentos (porque todo eso es cada uno de ellos) y que, cuando alguien dudó de su capacidad narrativa y le retó a escribir una novela y a dejarse de tanta tontería respondió con La broma infinita, un relato de más de mil páginas, plagado de esas notas a pie de página que tanto le gustan (o gustaban) y con el que aún no me he atrevido.

Lo último que leí de él mientras aún vivía fue Hablemos de langostas. Tengo varios volúmenes sin leer, en la recámara, porque me confortaba la idea de tener algo suyo a mano que aún no hubiese leído. Ahora sé que no habrá más.

En el cajón (o en la carpeta de borradores) se quedó un bosquejo de comentario sobre Hablemos de langostas. No voy a terminarlo, pero ahí va lo que ya tenía escrito, por si a alguien le interesa.

Langostas, porno y McCain
Y John Updike y el humor de Kafka y el 11-S desde un pequeño pueblo del Medio Oeste y las memorias escritas por deportistas y Dostoievsky y las tertulias políticas conservadoras radiofónicas y hasta una colosal (por su calidad y extensión) reseña sobre un diccionario. Todo eso hay en Hablemos de langostas, un volumen de ensayos de David Foster Wallace que reúne textos aparecidos en revistas como Premiere, New York Observer, Harper's, Rolling Stone, Gourmet o Atlantic Monthly (los enlaces conducen a los artículos tal como fueron publicados en esas revistas, aunque en el libro aparecen en su versión íntegra).

"Gran hijo rojo", el texto que abre el volumen (cuyo enlace no he encontrado), es una especie de reportaje (no tiene mucho sentido hablar de géneros, tanto literarios como periodísticos, cuando se trata de Foster Wallace) sobre la entrega anual de premios de Adult Video News, una conocida publicación norteamericana (catálogo de venta, en realidad), sobre cine adulto (o sea, porno), que se celebra en Las Vegas y que coincide con una feria de muestras (dicho sea con todos los respetos) del sector que curiosamente coexiste en el tiempo y el espacio con el conocido CES, gran sarao de la tecnología. A lo largo de sus casi 70 páginas (probablemente mutiladas en su publicación original, que hizo con doble seudónimo: Willem R. deGroot y Matt Rundlet), el autor disecciona las luces y (sobre todo) las sombras de una pujante industria que cada año se reúne en un hotel de la ciudad del pecado para entregarse premios de nombres sugerentes (en realidad bastante explícitos) que hablan de récords al alcance de muy pocos. Estrellas masculinas y femeninas, directores, productores y gentes que sin más pululan en la órbita del porno se pasean por las páginas de este artículo tan divertido como espeluznante.

"Ciertamente el final de alguna cosa, o por lo menos eso es lo que a uno le da por pensar" es el largo título de su descarnada (y a ratos cruel) reseña de Hacia el final del tiempo, de John Updike, al que cataloga, junto a Mailer y Roth, como los Grandes Narcisistas Masculinos. Lejos de plegarse a la unánime reverencia que la crítica mundial siempre ha dispensado a los tres, Foster Wallace no se corta un pelo y ataca con dureza tanto su estilo como sus historias, su obsesivo solipsismo o la forma tan grosera en que se refiere a las mujeres.

"Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante" abunda en su faceta de reseñista, aunque esto no sea una reseña, y abre la puerta a su sentido del humor único para lamentarse de cómo el término clásico ha recluido en estanterías llenas de polvo y alejado de los jóvenes lectores y estudiantes un buen número de obras maestras cuyo origen y vocación eran precisamente ser disfrutados por lectores y no sólo por los académicos.

"La vista desde la casa de la señora Thompson" es un atípico relato sobre cómo se vivió el 11-S en un modesto y tranquilo barrio residencial de Bloomington, un pueblecito del Medio Oeste, en Illinois (donde vive, o vivía por aquel entonces, Foster Wallace), que asistió a la tragedia como casi todo el mundo, por la televisión, entre el miedo y el horror, sin entender qué estaba pasando ni, sobre todo, por qué.

"Cómo Tracy Austin me rompió el corazón" es otra reseña, esta vez sobre las memorias de la tenista a la que las lesiones apartaron de las pistas cuando era casi una niña. El inicial tono triste de un lector (y, en este caso, seguidor, porque DFW, que en su juventud fue un notable tenista, era fan de Austin) que espera encontrar en el volumen claves, reflexiones, comentarios e incluso enseñanzas que al día a día y que sólo encuentra tópicos asépticos y sin emoción va dando paso a la idea de que, pese a que fuera de su campo de juego pueden parecer amebas incapaces de articular dos frases coherentes, la fortaleza mental que un deportista de élite precisa para mantener a raya la tensión y la presión que miles (o millones) de ojos ejercen sobre ellos es un don al alcance sólo de unos pocos privilegiados.

"Arriba, Simba" es el resultado del encargo que Rolling Stone le hizo de colarse en el año 2000 en la caravana de John McCain, entonces precandidato republicano, al que George W. Bush venció en las primarias, mientras que "Hablemos de langostas" es el producto de otro encargo, éste de Gourmet, que le encomendó cubrir el Festival de la Langosta de Maine, sobre el que cada año sobrevuela el debate sobre si las langostas sufren o no cuando se las arroja vivas a una olla de agua hirviendo. "Presentador" es el artículo que cierra el volumen, y en esta ocasión Foster Wallace fija su objetivo sobre las tertulias radiofónicas conservadoras, sobre cómo soliviantan (y enervan) a sus masas con cualquier excusa y sobre cualquier tema, en muchas ocasiones guiados por las bases del Partido Republicano, algo que, pese a su lejanía, no nos suena demasiado ajeno a los españoles, ¿verdad?

domingo, 12 de octubre de 2008

La elipsis

La elipsis es, en esencia, suprimir lo que sobra. Se usa para eliminar partes superfluas de las frases (por aquello de la economía del lenguaje que con tanto miembro y miembra están muchos mandando a paseo) y es uno de los recursos narrativos más utilizados en relatos literarios y audiovisuales para agilizar la acción y ahorrar al lector / espectador pasajes aburridos e intrascendentes que en nada ayudan a la progresión de la historia (aunque hay muchos guionistas y directores que no fueron a clase cuando explicaron qué es y cómo se usa).

Junto al manejo de la elipsis, otra de las claves de la narración (en este caso exclusivamente audiovisual) está en saber qué debe ser mostrado y qué no, porque a veces el relato de los personajes de un hecho o anécdota puede ser mas efectivo (cómico, dramático, aterrador) que la simple exhibición en la pantalla de lo que ha pasado.

Soy consciente de que Lubitsch murió sin dejar herederos (no en vano uno de los pocos que podrían haber reclamado su trono, Billy Wilder, tenía un cartel en su despacho que rezaba "¿qué habría hecho Lubitsch?"), pero creo que cualquiera entiende que, si bien mostrar a los niños de South Park saliendo escandalizados de la proyección de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal porque han visto a Spielberg y Lucas violando a Indy puede llegar a ser gracioso (aunque no lo comparto), enseñar (recreándose en ello) esa violación no produce risa, sino asco.

sábado, 11 de octubre de 2008

Por si aún queda alguien ahí

Sé que justificar un mes de ausencia es difícil, pero aun así voy a intentarlo.

Por si hay algún despistado que no conozca nuestras andanzas eustaquienses, os diré que la que esto suscribe y el otro responsable de este humilde sitio (cuya responsabilidad se limita casi siempre a ser su ángel guardián, que no es poca cosa) contrajeron matrimonio hace ahora tres semanas. La semana precedente al feliz enlace fue tan alocada y ajetreada como los días que preceden a cualquier boda, aunque sea tan modesta como la nuestra, así que poco o nada pude aparecer por aquí (aunque alguna cosilla sí que me dejé en los borradores, a la espera de ocasión más propicia para terminarla). Las dos semanas posteriores a lo que bautizamos como El Día de San Eustaquio los individuos ya mencionados se largaron a la Gran Manzana, de la que regresaron hace poco más de una semana, con el tiempo justo de poner el sueño y la colada al día antes de volver al trabajo.

El regreso (que no ha sido fácil) al tajo y la imperiosa necesidad de meterle mano a la lista de cosas que haremos cuando volvamos de Nueva York han convertido esta semana (en la que, además, nos ha tocado en el curro turno larguito, sin descanso) en un verdadero infierno. Pese a todo, he logrado sacar un par de ratitos, y seguiré sacando algunos más para contar en San Eustaquio (el blog oficial del bodorrio) nuestras andanzas nupciales y postnupciales (como ya hice con las prenupciales), por si alguien quiere echarse unas risas con nuestras vicisitudes. Hasta que no termine de contarlo todo (si no, me pasará lo mismo que con la inconclusa narración de nuestro viaje del año pasado a Londres) no apareceré mucho por aquí, pero, por si acaso, pasad de vez en cuando (por favor).