jueves, 28 de mayo de 2009

'Trek reloaded'

Puede que sea por la edad o porque ya me han decepcionado en demasiadas ocasiones, pero el caso es que hace ya un tiempo que decidí dejar de esperar nada. Consciente o inconscientemente, mis expectativas cayeron en picado y ante cualquier película, libro o serie de televisión comencé a conformarme con no sentirme estafada ni pensar que había tirado el tiempo y/o el dinero.

Ese es uno de los motivos por los que no aguardaba impaciente el estreno del Star Trek de J. J. Abrams. El otro es que no quería que se hiciera otra película con Kirk, Spock, Bones y compañía. Aunque tengo vagos recuerdos de mi infancia de alguna de las películas (emitidas por televisión), mi idilio con el Enterprise comenzó unos años después, cuando tenía unos 14 años y a Canal Sur le dio por poner la serie entera un verano. Y me atrapó. No sólo por sus historias (evidentemente no fue por la sofisticación de sus efectos especiales, aunque lo del teletransporte, por mucho que fuera una solución para ahorrar costes, siempre me fascinó), sino sobre todo por sus personajes (especialmente el trío protagonista).

Cuando terminé con lo que ahora se conoce como TOS (The Original Series) seguí profundizando en la franquicia, aunque la exploración duró poco. No me gustaba La nueva generación, ni (aunque eso lo vi mucho después) Espacio profundo 9 o Voyager. Enterprise no estaba mal (aunque debo admitir que apenas he visto un par de episodios), porque en cierta forma recuperaba el espíritu original, en el que el humor, muchas veces entre líneas, formaba también parte de la tripulación.

Con la franquicia más que agotada, Abrams anunció que dirigiría una nueva película, en la que contaría cómo se conocieron Kirk, Spock, McCoy, Scotty, Sulu, Chekov y Uhura. Y no me gustó. Bones y Scotty estaban muertos, Spock muy mayor, Kirk hacía ya mucho que no entraba en el uniforme y no me hacía gracia la idea de que otros actores los interpretaran, porque ellos eran ellos.

Después se anunció el casting, que tampoco me gustó, con una salvedad: si había alguien, aparte de Leonard Nimoy, que pudiese encarnar a Spock, ése era sin duda Zachary Quinto. Y eso es lo único en lo que no me equivoqué.

Este larguísimo prólogo trata de explicar, aunque no sé si lo he conseguido, que no me senté a ver la película como una devota seguidora dispuesta a disfrutar. Lo hice con recelo, pensando que al menos salía Nimoy, pero la historia sólo necesitó unos minutos para engancharme, los del emocionante prólogo, y no me soltó hasta el final, en el que la partitura de Michael Giacchino se funde con el tema original de Alexander Courage.

La mejor forma de revitalizar una franquicia es volver al principio, y por eso Abrams ha hecho una película para todos los públicos que sin embargo disfrutan mucho más los iniciados, porque las dos horas de metraje están plagadas de guiños. Como es normal, no podía faltar el "soy médico, no..." de McCoy, aunque la lista de homenajes la encabezan la presentación de cada uno de los personajes (mi favorita fue la de Bones) y el Kobayashi Maru, la prueba irresoluble que solamente pudo pasar Kirk, de una forma bastante imaginativa (con trampas).

Pero el mayor consuelo que se podría ofrecer a los seguidores reticentes (yo misma, como he explicado más arriba) es la presencia de Leonard Nimoy. Su aparición es uno de los momentos más emocionantes del filme (una pena que ya se conociese, aunque eso no evitó que se me saltasen las lágrimas cuando le escuché decir "soy y siempre seré tu amigo") y pone en escena la excusa argumental de la que se ha valido Abrams para reinventar Star Trek (más allá de que, como dice mi marido, no sabemos cómo eran los personajes antes de que comenzasen su misión a bordo del Enterprise): el viaje en el tiempo de Spock (y de Nero con él) ha cambiado el curso de los acontecimientos.


Kirk perdió a su padre al nacer y Spock vio morir a su madre y su planeta engullidos por un agujero negro. Estos Kirk y Spock son diferentes porque no son los que conocemos. Y en esta nueva línea temporal puede pasar cualquier cosa. Cuando me di cuenta de la estratagema estuve a punto de aplaudir, y a lo largo de la película tuve ganas de hacerlo unas cuantas veces. Como he dicho, hacía mucho que no me lo pasaba tan bien en un cine, que una película no me enganchaba desde el primer minuto al último y que terminaba con ganas de más, de mucho más.

Me encantó la historia, con ese Nero que tanto recuerda a Khan (léase Khaaaaaaaaaaaaaaan), y los actores, con los más que correctos Zachary Quinto y Chris Pine (evidentemente siempre preferiré a Nimoy y Shatner -por ahí he leído que el Shatner de la serie original no era guapo; a veces me preguntó qué ve la gente, porque la palabra guapo se queda corta-, pero eso no tiene nada que ver), aunque creo que Karl Urban (el nuevo Bones) les gana a los demás por goleada.

Aunque los elogios son casi unánimes (el crítico de El Correo de Andalucía titulaba su reseña OMG!!!, tal cual), hay dos puntos de controversia, y los dos tienen que ver con nuestro vulcaniano favorito. El primero de ellos es su emotividad, por ejemplo cuando está a punto de estrangular a Kirk. Admito que es extraño (a Spock le hemos visto otras veces alterado, casi siempre por fenómenos químicos o electromagnéticos, por ejemplo), pero hay que tener en cuenta lo que dije más arriba, que este Spock no es el mismo que conocemos (además, acaba de perder a su madre).

El segundo punto de fricción es Uhura. A todo el mundo le rechina su relación (a mí me sorprendió, no voy a negarlo, pero no me rechinó), pero vuelvo a lo mismo: este Spock ha seguido un camino diferente para llegar aquí, y aunque no fuese así, seguiríamos sin saber si esa relación existía (o existió con anterioridad) en la Star Trek que conocemos. Además, no hay que olvidar que, en los primeros borradores sobre la serie, Spock y Uhura estaban juntos, un detalle que fue eliminado a petición de la cadena y que aporta un nuevo punto de vista a la inminente revisión que planeo hacer de toda la serie.

lunes, 25 de mayo de 2009

Dos añitos

Two Candles "_"
Así comenzó todo y así fue el primer aniversario. Gracias a los que seguís con nosotros.

viernes, 22 de mayo de 2009

En el siglo XIX

Aquí no escribe, pero en otros sitios sí:
"Según ellos no puede ser periodismo si no es en papel. Pues nada, que se queden en el siglo XIX".
Contradictorio

Al hilo de esta idea, me cuenta una reflexión de una compañera periodista a la que no le hace demasiado gracia lo del periodismo digital:

"Cualquier tonto es un experto en internet"

Y la acertada respuesta de otro compañero, aludiendo, sin disimulo, a su edad:

"Es que internet es sobre todo para los jóvenes, que aprenden todo dos segundos antes".

Como decía El invitado de invierno en este acertado comentario:
"La sociedad cambia, los medios cambian, los periodistas deberán cambiar y quienes no lo hagan, se extinguirán".

El hombre que mató a Sherlock Holmes

[Otro reportaje propio reciclado, en esta ocasión de aquí]

“Es una forma elemental de ficción”. Así se refería sir Arthur Conan Doyle a su creación más universal, Sherlock Holmes, un personaje al que siempre detestó porque le impedía dedicarse a otros géneros que satisfacían mejor sus aspiraciones literarias.

Sin embargo, lo cierto es que el tirón popular de la obra de Conan Doyle no se debe a sus ensayos o a novelas como El mundo perdido, sino al imperturbable carisma del detective que vivía en el 221b de Baker Street.

Hoy se cumple el 150º aniversario del escritor escocés, que nació en Edimburgo el 22 de mayo de 1859 y, aunque cursó estudios de Medicina, pronto abandonó la profesión por el embrujo de las letras. Conan Doyle publicó la primera novela protagonizada por Sherlock Holmes, Estudio en escarlata, en 1887, a la que aportó retazos de su propia experiencia (le adjudicó un ayudante, Watson, médico y con aficiones literarias) y muchos rasgos de uno de sus profesores en la universidad, el doctor Joseph Bell, de quien tomó prestados la fina y elegante silueta, la nariz aguileña y, sobre todo, su gusto por el empleo de técnicas deductivas para formular el diagnóstico de sus pacientes. Bell les observaba atentamente, registrando hasta el más nimio detalle, para precisar su origen, su ocupación y, en muchos casos, sus síntomas y dolencias sin que necesitasen abrir la boca.

Tanto Estudio en escarlata como El signo de los cuatro (1890) obtuvieron gran popularidad, pero no fue hasta la aparición en 1892 del primer relato corto del detective, Un escándalo en Bohemia, cuando el personaje comenzó a convertirse en un mito. El desproporcionado éxito de su detective, al que, quizás en un inconsciente intento por evitar la empatía del público con él, había adornado con cuestionables dones como su adicción a la cocaína o su manifiesta misoginia (mientras Watson era un caballero intachable), permitió al escritor dedicarse plenamente a la literatura con poco más de 30 años.

Pero el fervor que el público sentía por su criatura, que mataba con el violín y sus experimentos químicos los tediosos interludios entre un caso y otro y que demostraba, frente a la ineficiencia policial, que eran la inteligencia y la observación el único camino hacia la verdad, Conan Doyle lo asumió como un fracaso personal y profesional, una esclavitud que le apartaba de sus novelas históricas, poemas y textos dramáticos con los que esperaba convertirse en un autor serio respetado por la crítica.

Holmes era una losa, una condena de la que el escocés intentó librarse bien pronto, apenas unos años después de su nacimiento en la ficción. Con el cuidado que no ponían los criminales que inventaba en llevar a cabo sus tropelías, Conan Doyle planificó la muerte de Holmes, y en un viaje a las cataratas Reichenbach, en los Alpes suizos, encontró el lugar idóneo para la desaparición del detective a manos de su némesis, el profesor Moriarty, en El problema final, acontecimiento que registró en su diario con la entrada: “He matado a Holmes”.

Con Holmes despeñado y a pesar de las súplicas de los lectores, que anularon masivamente las suscripciones a la revista The Strand Magazine (que publicaba los relatos del detective), Conan Doyle se alistó como voluntario en la Guerra de los Boérs, una experiencia que le permitió conocer los conflictos bélicos y profundizar en la psicología de los soldados destacados en el frente. El resultado literario fue La guerra de los Bóers, un ensayo que le valió el título de sir, reconocimiento que estuvo a punto de declinar porque pensaba que se debía a su más odiado personaje.

Pero Holmes aún tenía muchas páginas que llenar. Tras la experiencia bélica, Conan Doyle volvió a la ficción. Comenzó El sabueso de los Baskerville, una intriga en la que un espectral can siembra de horror la campiña inglesa, pero pronto descubrió que necesitaba un héroe, así que decidió recuperar a Holmes, un regreso presentado no como una resurrección, sino como una aventura previa del tándem que formaba con Watson. El público, como era de esperar, enloqueció, y el escritor se resignó a su vuelta, esta vez sin artificios temporales, en el relato La casa vacía.

Con unos 200 títulos, Sherlock Holmes es el personaje literario más adaptado al cine y la televisión, con versiones como las protagonizadas por Basil Rathbone (quizás el alter ego más popular del investigador), El secreto de la pirámide (que presentaba la adolescencia del detective) o la que firmó Billy Wilder en 1970, La vida privada de Sherlock Holmes, en la que se abordaban sin tapujos los aspectos más sórdidos y controvertidos del compañero del doctor Watson. Este año el detective vuelve al cine, en un filme titulado simplemente Sherlock Holmes que dirige Guy Ritchie y protagonizan Robert Downey Jr., en el papel del detective, y Jude Law en el de Watson.

En su faceta seria, Conan Doyle cultivó casi todos los géneros, configurando una extensa bibliografía en la que se alternan la novela histórica –La compañía blanca o Sir Nigel–, las obras de teatro –Jane Annie, coescrito con su amigo James M. Barrie, o Historia de Waterloo–, la poesía y otras series de ficción, entre ellas la protagonizada por el exitoso brigadier Gerard o la de ciencia ficción centrada en las andanzas del profesor Challenger, que comenzó en 1912 con El mundo perdido, una historia que relata una expedición científica a una remota isla en la que aún continúan viviendo los dinosaurios (¿les recuerda a algo?).

La muerte de su hijo en la Primera Guerra Mundial (a la que dedicó una serie ensayística) le llevó a abrazar el espiritismo y otras doctrinas alternativas que, en sus últimos años, hicieron decrecer su consideración en los círculos intelectuales, por culpa de textos como The Coming of the Fairies, dedicado a las supuestas fotografías de hadas tomadas en los años 20 por dos adolescentes y de cuya autenticidad solamente él estaba seguro.

La muerte le llegó en 1930, a los 71 años, rodeado de su familia, pero ni siquiera en su último aliento tuvo un recuerdo para el responsable de su inmortalidad, al que excluyó incluso de su epitafio, que rezaba: “Verdadero acero / hoja afilada / Arthur Conan Doyle / Caballero patriota, médico / y hombre de letras”.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La ira filipina ('the return')

Ya sabemos que hay personas que tienen mucho tiempo libre y también que algunos se enfadan por cualquier cosa (casi siempre por tonterías). Una de las ventajas de internet es que se puede escuchar y leer todo en todas partes, lo que lleva a que los individuos de enfado fácil vean demonios por doquier.

Si hace poco más de año y medio le tocó a Mujeres desesperadas sufrir la ira de los filipinos por bromear sobre la validez del título de un médico (le preguntaban si lo había conseguido en Filipinas), ahora le ha tocado a Alec Baldwin, que en el programa de David Letterman dijo que iba a tener que buscarse "una esposa por correo filipina o incluso rusa".



Se ve que en Filipinas tienen a un tipo encargado de vigilar cuantas menciones se hacen de su país en todo el mundo (al menos en la televisión estadounidense) y que no tienen crisis, o paro, o temas verdaderamente importantes de los que hablar (¿hay fútbol en Filipinas?), así que la indignación por la broma de Baldwin no ha tardado en recorrer el globo (incluso algún parlamentario ha retado al actor a que se atreva a pisar el país; un disparate).

Si la actualidad filipina es tan plana que tienen que ponerse a criticar a una serie o a un actor para tener algo de qué hablar, quizás deberíamos invitarles a Eurovisión. Con un poco de suerte quedarán aún peor que España y tendrán a todo un continente al que atacar.

martes, 19 de mayo de 2009

Carteles electorales

Aunque a veces parece que vivimos en una perpetua campaña electoral, esta vez sí es cierto que tenemos unas elecciones a la vuelta de la esquina, las europeas, una convocatoria que no genera apenas interés entre los ciudadanos (tengo que buscar encuestas británicas al respecto, porque si a los españoles nos importa bien poco, a los ingleses supongo que aún menos), a pesar de que en Europa se deciden muchas cosas que nos afectan directamente (recuerdo a los euroescépticos que los señores diputados europeos acaban de rechazar, por ejemplo, el corte de conexión a internet si no hay orden judicial de por medio, en contra de lo que quiere Sarkozy y pronto, me temo, querrá Zapatero).

La campaña no arranca oficialmente hasta la medianoche del viernes al sábado jueves al viernes, pero los principales partidos llevan ya algún tiempo calentando motores (aka dando por saco) con mítines (los llaman actos, pero son mítines puros y duros) y carteles por todas partes que, en el mejor de los casos, dan algo de grima.

Desde aquí os proponemos un pequeño repaso visual a esas obras de la cartelería propagandística que ocupan vallas publicitarias y cabinas telefónicas, más que nada para que no os asustéis si os encontráis de repente con ellas por la noche.

Empezamos con el PSOE, que, aunque ya lleva cinco años en el Gobierno, sigue actuando en muchas ocasiones como si estuviera en la oposición y ha centrado su precampaña en contraponer su proyecto (o más bien a su candidato, Juan Fernando López Aguilar) al de su principal rival, el PP (y su candidado, Jaime Mayor Oreja). Hay carteles tan inquietantes (y manipuladores) como este, aunque mi favorito es este otro:

Cartel de la campaña del PSOE para el 7-J
Entiendo el concepto, y que pongas a tu candidato primero, pero en este caso eso produce una anomalía temporal propia de la ciencia-ficción. Lo de colorear las fotos decididamente no me gusta, porque una vez impreso e insertado en espacios publicitarios no queda nada bien. En cuanto a las fotos, a López Aguilar, que no olvidemos que no es una figura demasiado conocida por los ciudadanos, apenas se le identifica. A Mayor Oreja sí, aunque si querían hacerle quedar mal podrían haber cogido directamente su foto electoral:
















Creo que no merece demasiados comentarios. Incluso los que no tengan una mente tan perverza como la mía admitirán que su expresión no transmite precisamente confianza...

(He estado buscando en la caótica web de Izquierda Unida y en su página para las europeas un cartel tan interesante como los anteriores, pero sin éxito. Supongo que tienen bastante con que su candidato se llame Willy Meyer).

lunes, 18 de mayo de 2009

Destino

Por su interés, reproduzco aquí unas palabras sobre Perdidos de mi marido y cotitular de este blog (no hay espoilers, ya avisaré cuando lleguen):
Hemos permitido a estos tipos que jueguen con nuestras vidas, nuestra imaginación, nuestro tiempo, nuestras lágrimas y nuestras risas. Hemos dejado que nos manipulen mucho más allá de lo que nos dejaríamos manipular por aquellos a los que más queremos. Han entrado en nuestras vidas y, que nos quede claro por mucho que les maldigamos, no queremos que se vayan porque, mal que nos pese, de aquí a un año vista se iran a descansar merecidamente y nos quedará un vacío que sólo hubiese sido capaz de describirlo el mismo Michael Ende".

Y ahora el final del post que Mer le ha dedicado en Losteóricos al último episodio de la quinta temporada (sigue sin haber espoilers, al menos aquí, en el enlace sí que los hay):
Creo que es imposible saber como terminará. Porque después de algunos capítulos previsibles, el de ayer, como viene siendo habitual en las finales, fue apoteósico. Un regalo. Uno de esos momentos televisivos históricos, inolvidables y gigantes. Y pueden hacer capítulos previsibles porque en la manga tienen siempre algo que nos dejará a todos con la boca abierta. Y más nos sorprenden cuando nos cogen con las defensas bajas, cuando nos creemos que estamos de vuelta de todo. Son unos hijos de puta y por eso los amo".

No pensaba hablar sobre el tema, pero necesito desahogarme, porque después de ver el final de la quinta temporada de Perdidos pensé, por primera vez en estos cinco años, dejar de ver la serie. (A partir de aquí sí que hay espoilers, así que salid de aquí)

Aquí entra poca gente, menos aún cuando hablo de Lost, y los pocos (pero siempre agradecidos) comentarios se reducen a la nada cuando hablo de los chicos de la isla, pero me da igual. También sé que mi silencioso coautor volverá a recriminarme una vez más que me preocupe tanto por Locke, pero también me importa bastante poco. Por tercer año consecutivo llego a la finale cabreada, y ya estoy harta. Recapitulemos:

- Final de la tercera temporada: Jack (we have to go back) ha salido de la isla, está en el futuro y (junto a Benjamin) ante un ataúd cuyo inquilino no vemos. Ocho meses por delante de elucubraciones y de darle vueltas a un papelito en el que se supone que está el nombre del fiambre. Cabreo.

- Final de la cuarta temporada: Llegamos a él después de que en varios episodios nos hayan contado que el muerto es un tal Jeremy Bentham, que no sabemos quién demonios es, aunque poco a poco vamos descubriendo que es un alias de uno de los losties. Lo sabemos en el último episodio: Locke. Cabreo monumental, con efecto retroactivo porque el pobre calvo ex-paralítico lleva todo un año metido en el puñetero ataúd. Otros ocho meses de espera.

- Quinta temporada: La cosa empieza de lo más entretenida, con sus saltitos en el tiempo y demás, y continúa con Locke moviendo de nuevo la isla y saliendo de allí. En el episodio Vida y muerte de Jeremy Bentham vemos qué ha hecho fuera de la isla, que ha fracasado en (casi) todos sus intentos de convencer a los Oceanic Six de que vuelvan y que, presa de la desesperación, está a punto de suicidarse. Benjamin interviene en el último momento para salvarle, sacarle la información que necesita y matarle como la rata bastarda que es. Pero parece que no es el fin de Locke. El calvo resucita en la isla al estrellarse en ella el avión en que viajaba su ataúd. (A estas alturas, si en Perdidos me dicen que la gente puede resucitar, me lo creo y punto). Pero Locke está raro. Es más seguro, sabe adónde va y qué tiene (o quiere) que hacer. La primera pista es el desconcierto de Benjamin y la segunda el posterior desconcierto de Alpert (pero Locke ha vuelto y con eso es suficiente, así que, aparte de una inquietud porque haya saltado al lado oscuro, lo dejo estar). Pero al final de la quinta temporada descubrimos qué es lo que Ilana y su troupe llevan en esa caja: el cadáver de Locke. Locke no es Locke, es un tipo (cuyo nombre por ahora ignoramos pero al que provisionalmente llamaremos Hijo de Puta, con mayúsculas) que se ha apropiado de él para matar a Jacob a través de Linus. Locke está muerto. Llevan casi toda la temporada haciéndonos creer que ha vuelto a la land of the living, pero no es cierto. Ha muerto y no va a volver.

Que quede claro que el final de temporada me ha encantado, entre otras cosas porque ha vuelto a meterme en la serie, ha hecho que vuelva a sentir a sus personajes y a importarme realmente lo que les pase. Solté unas lágrimas cuando Juliet cayó por el pozo (y eso que nunca me ha caído demasiado bien), me dolió (metafóricamente hablando, claro) cada uno de los golpes que intercambiaron Jack y Sawyer y hasta sentí pena por el ignorado Benjamin Linus.

Pero lo de Locke no me gustó. No el giro, claro, porque es asombroso, sino lo que la isla (los guionistas, aunque prefiero seguir el código de la ficción) ha hecho con el personaje (también me siento engañada por los guionistas, pero esa es otra historia). Después de una vida realmente dura (todos ellos llegaron a la isla con un pesado equipaje, pero a este hombre le robaron un riñón y lo tiraron por una ventana), llega a un sitio en el que no sólo vuelve a caminar, sino que se le brinda la oportunidad de empezar de nuevo, encontrar su lugar en el mundo y ser quien realmente quiera ser.


Locke no es un santo, no vamos a engañarnos, y se equivoca muchas veces (el porcentaje se dispara cuando su camino se cruza con el de Benjamin), pero no es el ser lloroso y acabado que era cuando llegó. La isla le brindó, entre otras cosas, la posibilidad de cerrar el capítulo de su padre. Locke creía que su destino era llegar a esa isla, liderar a los Otros y convencer a los Oceanic Six de que volvieran, pero su destino era simplemente ser el recipiente con el que Hijo de Puta consumaría su secular venganza contra Jacob.

Parece que al final Jack tenía razón:
¿Te has parado a pensar alguna vez que esa vana creencia de que eres especial no es real? ¿Que quizás no hay nada importante en ti? Tal vez sólo eres un viejo solitario que se estrelló en una isla".

No se puede empezar de nuevo, no hay un destino que justifique, compense o le dé sentido a ninguna de las desgracias por las que pasamos. John Locke es sólo un peón en una guerra que ni conoce. No es el elegido. No es nadie.

viernes, 15 de mayo de 2009

Castilla del Pino

Como mi abuelo, Carlos Castilla del Pino nació en 1922. Tampoco él ha llegado a cumplir los 87 años. Psiquiatra, escritor, humanista, académico de la Lengua... Se zambulló en casi todos los campos intelectuales y en todos ellos destacó. A estas horas hay muchos, en diversos medios de comunicación, glosando sus muchos méritos profesionales y personales, así que me conformaré con agradecerle que me abriese las puertas de su casa y me dejase escuchar sólo una ínfima parte de lo que a tantos ha enseñado a lo largo de tantos años. Fue un privilegio. Descanse en paz.

domingo, 10 de mayo de 2009

Como Chang

Una más de tantas conversaciones conyugales PEP (post episodio de Perdidos). Obviamente, es sólo para iniciados, aunque no hay espoilers:
Yo: Pues parece que Chang no es tan malo.
Él: No, en realidad es como tú.
Yo: ¿Eso es un insulto?
Él: No, lo que quiero decir es que en su vida personal no es un mal tipo, pero cuando está trabajando es como tú, quiere que se hagan las cosas...
Yo: ...bien.
Él: Sí. Aunque él tiene un punto que a ti te falta.
Yo: Poder.
Él: Para conseguir que los demás hagan las cosas bien.
Yo: Exacto.

jueves, 7 de mayo de 2009

La semana trekkie (II)

Sé que reciclar por segunda vez en una semana un reportaje está feo, pero espero que sepáis perdonarme (no es por autobombo, sino porque me gusta tener aquí las poquitas cosas que puedo escribir en el trabajo). Al menos esto lo escribí anoche, y no hace tres años...

Después de publicar una pieza sobre la historia de Star Trek (al final incluyo las dos partes de esa fantástica doble que me diseñó en su día El invitado de invierno; gracias otra vez) y de hacer dos galerías gráficas (una sobre el nuevo filme de Abrams y otra sobre la presentación de la película en el Teatro Chino), ahora os traigo un ¿qué fue de? para contar lo que ha pasado con los protagonistas de la serie original en estos cuarenta años largos que han pasado desde su estreno. Espero que os guste.

El reparto de 'Star Trek', 40 años después

Han pasado más de 40 años desde el estreno de Star Trek en la televisión norteamericana, y en ese tiempo han fallecido su creador, Gene Roddenberry, y dos de los miembros del reparto original, DeForest Kelley y James Doohan. Aunque a la mayor parte de ellos la serie les proporcionó una fama que nunca les abandonaría, casi ninguno ha repetido o superado el éxito que alcanzaron a bordo del Enterprise.

William Shatner - James T. Kirk

El capitán del Enterprise es intrépido, valiente, algo vehemente en ocasiones y un impenitente seductor por cuya cama han pasado casi todos los ejemplares femeninos (de distintas especies, además) con los que se ha cruzado la nave en sus viajes. William Shatner no fue la primera opción para interpretar al joven capitán James T. Kirk (Jeffrey Hunter fue el elegido por Rodenberry, pero el estudio le obligó a cambiarlo), pero no cabe duda de que Shatner es el capitán Kirk.

Tras bajarse del Enterprise, Shatner protagonizó una serie policiaca, T. J. Hooker (con Heather Locklear), e incluso se atrevió a autoparodiarse (los críticos siempre le achacaron que su Kirk era demasiado histriónico) en la secuela de Aterriza como puedas. Quizás fuera entonces cuando comenzó a construir su personaje, que pasearía por series como Boston Legal, que acaba de terminar, filmes como Miss agente especial (y su secuela) o Cuestión de pelotas y en su faceta de cantante, aunque tal vez el término sea algo generoso para sus declamaciones acompañadas de música (incluso cantó a George Lucas en el homenaje que el American Film Institute dedicó al creador de Star Wars). J. J. Abrams llamó a su puerta cuando comenzó a preparar su remake de Star Trek, y le ofreció a Shatner participar. Finalmente no hubo acuerdo, según dicen porque le ofreció al actor un papel demasiado pequeño.

Leonard Nimoy - Spock

Inventor del saludo vulcaniano, del ataque vulcaniano (esa especie de pinza en el cuello que tumba a sus adversarios) y probablemente el miembro del reparto más querido por los espectadores, Leonard Nimoy encarnó al personaje más singular de toda la tripulación del Enterprise. Medio vulcaniano, medio humano, a medio camino entre dos mundos y miembro de ninguno, Spock se esfuerza por dejar a un lado la herencia genética de su humana y emotiva madre para ser un perfecto, frío y racional vulcaniano. Como es de esperar, no siempre lo consigue, y a lo largo de la serie su contacto con especímenes como Kirk y Bones le humanizan mucho más de lo que él hubiera deseado.

Pese a que Star Trek le abrió las puertas de, por ejemplo, Misión Imposible, en la que encarnó a uno de los protagonistas durante varias temporadas, Nimoy se cansó bastante pronto de la franquicia. Estuvo a punto de no aparecer en la primera película y sólo aceptó participar en la segunda con una condición: que Spock muriese. Y el vulcaniano murió. Se sacrificó para salvar la nave y a su tripulación. A los fans no les gustó demasiado y Paramount le presionó para que volviese. Costó convencerle pero al final aceptó, aunque con otra condición: quería dirigirla. Nimoy dirigiría también la cuarta película de la saga, conocida popularmente como la de las ballenas, y también apareció en un episodio de La nueva generación. Desde entonces, apenas ha vuelto a ponerse delante de una cámara. Sí ha dirigido y prestado su potente y profunda voz (que en los avances del nuevo filme sustituye a la de Shatner en el prólogo que daba inicio a cada episodio) a videojuegos o películas como Transformers. En todo este tiempo, Nimoy se ha refugiado en la fotografía, aunque J. J. Abrams ha conseguido sacarle de ese retiro. No sólo interviene brevemente en la nueva versión de Star Trek (en la que ha tutelado a su heredero, Zachary Quinto), sino que además interpreta al malo malísimo (al que aún no se ha visto en pantalla -sólo se ha escuchado su voz en un episodio-, está previsto que aparezca en el final de temporada) de la nueva serie del creador de Perdidos, Fringe.

DeForest Kelley - Leonard 'Bones' McCoy

Era el mayor del reparto (había entrado ampliamente en la cuarentena cuando se enroló en el Enterprise) y cuando llegó a Star Trek ya tenía una sólida carrera a sus espaldas, cimentada en docenas de apariciones en series televisivas de los 40, 50 y 60. Siempre se sintió más a gusto en el western que en la ciencia-ficción, y su papel en la serie de Roddenberry reflejaba en parte ese disgusto por la aventura, por lo inesperado. Pese a que fue seleccionado para interpretar a Spock (en la tercera entrega cinematográfica lo interpretó en parte, cuando la conciencia del vulcaniano se fusionó con la suya al morir), finalmente se quedó con uno de los personajes más jugosos de la serie, el médico cínico y un poco sentimental en casi permanente conflicto (casi siempre humorístico) con la excesiva frialdad de Spock.

Como les pasó a muchos de sus compañeros, Kelley, un apasionado de la poesía (también escribía, y deleitaba a los asistentes a las convenciones de la serie con sus poemas sobre la franquicia), no consiguió despegarse de Star Trek. Apareció en La nueva generación y, fiel a su estilo, se quejó reiteradamente de su participación en la versión animada de la serie, porque tenía que grabar sus frases en solitario, sin Shatner ni Nimoy y sin la posibilidad de interactuar con ellos. La tercera pata del trío protagonista de Star Trek falleció en 1999, a los 79 años.

James Doohan - Scotty

MacGiver, Magnum u Hotel fueron sólo algunas de las series en las que participó James Doohan, el casi milagroso ingeniero jefe del Enterprise Montgomery Scott, Scotty, que conocía cada tuerca y cada sonido de la nave y sabía como nadie cómo arreglar cualquier cosa que fuese mal. Aunque, a diferencia de su personaje, no es escocés, sino estadounidense, sí que estudió Ingeniería, pero eso fue después de lanzarse en paracaídas el Día D en la playa de Juno como miembro de la Real Artillería Canadiense. En el ataque recibió varios disparos en una pierna y en un dedo de la mano, que perdió. Su talento para los acentos y la imitación de voces hicieron de él un recurso más que habitual cuando se precisaba de alguna voz peculiar en Star Trek, e incluso le corresponde el mérito de haber inventado la lengua klingon (después fue perfeccionada y ampliada, pero la chispa inicial fue suya).

Además de varias incursiones en los episodios (televisivos y cinematográficos) de La nueva generación, intervino en la parodia Con el arma a punto (en la que también aparecía William Shatner). Doohan falleció en 2005 y parte de sus cenizas, como las de Gene Roddenberry, fueron enviadas al espacio.

George Takei - Sulu

Sólo tenía cuatro años, pero fue una más de las víctimas colaterales del ataque japonés a Pearl Harbour. Junto a otras decenas de miles de ciudadanos japoneses o con ascendencia japonesa, su familia fue internada en sucesivos campos de internamiento, una experiencia que marcaría el compromiso político de su juventud y su madurez. George Takei estudió Arquitectura, pero acabó en la Metro, doblando películas japonesas. Ahí comenzaría su relación con el mundo del espectáculo, que le llevaría al cine, la televisión, el teatro e incluso a producir programas de entrevistas o presentar tele-maratones benéficos.

Gene Roddenberry le reclutó como una pieza esencial de su reparto multirracial y fue así como llegó al Enterprise. Como el resto de sus compañeros, intervino en las seis primeras aventuras cinematográficas de la franquicia, aunque en la última de ellas consiguió al fin que a Sulu le ascendieran a capitán. En los últimos años, aparte de hacer pública su homosexualidad, ha participado en la serie Héroes, como el enigmático (y poderoso) padre de uno de los protagonistas, Hiro Nakamura.

Nichelle Nichols - Uhura

La seductora oficial de comunicaciones de Star Trek, que en diciembre cumplirá 87 años, fue uno de los primeros personajes tridimensionales que interpretaba una actriz negra. Junto a Kirk (William Shatner) protagonizó el primer beso interracial en la pequeña pantalla norteamericana y fue, junto al resto del reparto de la serie, la primera actriz de color en estampar sus huellas en el Paseo de la Fama de Hollywood. Durante casi una década (desde finales de los 70 hasta 1987) formó parte del equipo de la NASA encargado de reclutar astronautas y desde que colgó el uniforme de la Flota Estelar hemos podido verla en pequeños papeles en numerosas series de televisión, en la película ¿Cuándo llegamos? y, al igual que su compañero George Takei, en la serie Héroes.

Walter Koenig - Pavel Chekov

Con permiso de Takei, unos meses menor, era el miembro más joven de la tripulación del Enterprise, y sin duda de aspecto más juvenil, lo que, junto a su ascendencia lituana, le convirtieron en el candidato perfecto para encarnar a la rama rusa del reparto y, de paso, para atraer a la audiencia más joven, que podría identificarse con este joven oficial novato a las órdenes del capitán Kirk.

Chekov fue su pasaporte a la fama pero también una especie de losa que nunca le abandonó. Salvo sus apariciones en distintos productos de la franquicia estelar (incluidas las andanzas de La nueva generación y hasta videojuegos), la única intervención notable de este asiduo a las series (participó en unas cuantas, desde El Virginiano a Diagnóstico Asesinato) fue un papel recurrente en otra producción de ciencia-ficción, Babylon 5.



lunes, 4 de mayo de 2009

La semana trekkie

Este viernes se estrena en España el viaje al pasado del Enterprise de J. J. Abrams (aka Star Trek), excusa más que válida para declarar unilateralmente la semana trekkie en el periódico en el que trabajo (un despliegue, eso sí, más modesto que el del cuarto Indiana Jones). A lo largo de la semana iré publicando vídeos, galerias gráficas (esta con la premiere en el Teatro Chino de Hollywood me ha quedado monísima) y reportajes como el que hoy os traigo aquí, publicado originalmente hace casi tres años, con motivo del 40º aniversario del estreno de la serie, y que convenientemente actualizado y unido a otra pieza sobre la franquicia me ha servido para enriquecer el material sobre un estreno que aguardo no sin cierta inquetud (y que no veré hasta el próximo lunes -hasta entonces no descansamos-, lo que me obligará a hacer el fin de semana lo mismo que hago los jueves hasta que veo Perdidos, esquivar todos los feeds y blogs potencialmente peligrosos).

Cuatro décadas viajando donde nadie ha llegado antes

El 8 de septiembre de 1966 debutaba en la televisión de EEUU 'Star Trek', una modesta serie de ciencia ficción cuyo legado sigue vivo más de 40 años después.

A mediados de los 60 el western copaba la televisión norteamericana. La idea de que un hombre pudiese pasearse por la Luna era poco menos que una quimera, y el público prefería la verosimilitud de las historias de indios y vaqueros. Fue precisamente ése el encargo que la NBC le hizo a Gene Roddenberry: una idea para un nuevo western. Pero al guionista no le interesaba el oeste. Él quería escribir un gran drama que hablase de temas sociales, de las grandes pasiones humanas, y no había sitio para eso en el western, así que decidió situar su historia en el futuro.

El proyecto se titulaba Star Trek, y presentaba a la tripulación de una nave espacial, el Enterprise, cuya misión era explorar nuevos mundos y que contaba con una mujer como segunda de a bordo y un alienígena de orejas puntiagudas. La cadena rechazó el episodio (The Cage) pero no la serie, en la que Roddenberry tuvo que hacer cambios, entre ellos sustituir al protagonista (Jeffrey Hunter) por William Shatner. La comandante pasó a ser la enfermera y Spock (Leonard Nimoy), el tipo medio humano, medio vulcaniano, una vez refinado su aspecto y perfilado el sobrio carácter que le haría famoso, ascendió a primer oficial.

Roddenberry accedió, pero insistió en introducir a un personaje asiático, Sulu (George Takei), y a otro negro, Uhura (Nichelle Nichols), pues el contexto de la serie (un siglo XXIII en el que la Tierra ya ha desterrado guerras y enfermedades para lanzarse a la exploración espacial), demandaba un reparto en el que estuviesen representadas las distintas culturas terrestres (poco después se uniría el ruso Chekov, encarnado por Walter Koenig).

Star Trek debutó el 8 de septiembre de 1966 con el episodio La trampa humana, que no fue el primero en rodarse pero introducía a un personaje que sería uno de los ejes de la serie, el doctor Leonard Bones McCoy (DeForest Kelley). Aunque no fue la primera elección para interpretar al médico de la nave, la incorporación de Kelley en el papel del cínico doctor rural envuelto a su pesar en aventuras espaciales sirvió de contrapunto perfecto al dúo que formaban el intrépido capitán Kirk y el lógico y frío vulcaniano Spock.

La magnífica conexión del trío es uno de los ganchos de la serie, una conexión que alcanzaba sus mayores cotas en los registros cómicos y en las disputas dialécticas en las que se enzarzaban Bones y Spock, que nunca llegaron a un acuerdo sobre sus opuestas visiones de la vida. Junto al carisma de la cuadrilla protagonista (que ninguno de los equipos posteriores logró igualar), Star Trek ofrecía guiones imaginativos por los que desfilaban universos paralelos, conflictos interplanetarios (con los klingon y los romulanos como principales enemigos), mil y un virus, viajes en el tiempo... y todo ello con presupuestos irrisorios. Pero el equipo de guionistas hizo de la necesidad virtud y solventó los problemas con ingenio (por ejemplo, el teletransporte no era más que un medio para evitar los costosos aterrizajes en cada planeta que visitaban), centrándose en las historias antes que en los efectos especiales.

La serie tenía una audiencia modesta, pero fiel, que le garantizó una segunda temporada. A su término, sin embargo, la cadena quiso cancelarla. La avalancha de cartas de fans obligó a la NBC a rodar una tercera, aunque, al programarla los viernes por la noche, sus ya pobres cifras cayeron en picado y, en 1969, el Enterprise echó el cierre. Como era habitual, la NBC vendió Star Trek a las cadenas que formaban parte de su red de sindicación, que comenzaron a emitirla sin tregua a lo largo y ancho de todo el país, hasta crear un fenómeno de proporciones colosales.

La reposición de cada episodio lograba audiencias que ningún estreno podía igualar, y la Paramount, dueña de los derechos, decidió aprovechar el filón, primero con una serie animada y después con un proyecto televisivo (Star Trek: Phase II) que nunca se rodó pero del que nacería el primer filme de la saga: Star Trek: La película.

Tras el éxito cosechado en el nuevo formato, Star Trek continuó con más películas mientras en 1987 nacía la primera secuela televisiva, La nueva generación, con unos personajes que mantuvieron viva la franquicia y tomaron en el cine el testigo de la primera tripulación del Enterprise tras su despedida con el sexto filme, estrenado en 1991, dos meses después de la muerte de Roddenberry. A la pérdida del creador de la saga siguieron la de Bones (Kelley) y la del ingeniero Scotty (James Doohan).

Han pasado más de 40 años y el legado trekkie sigue más vivo que nunca, como lo demuestran las convenciones que se suceden por todo el mundo, los astronómicos precios que los objetos relacionados con la franquicia alcanzan en las subastas y la expectación generada desde el anuncio de que J. J. Abrams dirigiría la undécima película de la serie, que contaría cómo se conocieron Kirk y Spock y que se estrena esta semana en España.