sábado, 25 de diciembre de 2010
Navidad 2.0
Nunca he sido muy navideña y cada año lo soy un poco menos (esta vez ni siquiera hemos puesto el belén del año pasado), pero sé que hay muchos que sí lo son (también los hay incluso que disfrutan con las aglomeraciones, las reuniones familiares y la gente en general; no es mi caso), así que para todos ellos va este vídeo dospuntoceril sobre cómo podría ser hoy en día el nacimiento de Jesús, con mis mejores deseos para estas fiestas.
Temas:
de todo un poco,
internet
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Perlas del periodismo
El viernes pasado el Ayuntamiento de Sevilla puso en marcha lo que ampulosamente llama Plan de Ordenación Viaria y Protección de la Zona Monumental y que no es más que cerrar el centro de la ciudad al tráfico privado. A partir de ahora, quienes no sean residentes (ni repartidores, urgencias, etc.) no podrán pasar más de 45 minutos en el centro y tendrán que salir por una determinada calle en función de por cuál hayan entrado si no quieren pagar 70 eurazos de multa. A tal efecto se han instalado cámaras en todas las entradas y salidas del casco histórico para anotar las matrículas de los vehículos y sus entradas y salidas.
Se puede entender que pretendan reducir el tráfico, que el centro sea más habitable, más cómodo para pasear (y más "sostenible", que les gusta decir a los políticos), pero restringir el centro al tráfico no puede ser la medida estrella, sino la culminación de un verdadero plan que mejore, entre otras cosas, el transporte público al centro (el Metro, la única línea que hay, deja bastante lejos de lo que se considera centro; después tienes que coger un tranvía y volver a pagar; los autobuses son directamente un disparate, así que ni me molesto en criticarlos).
Se puede entender que pretendan reducir el tráfico, que el centro sea más habitable, más cómodo para pasear (y más "sostenible", que les gusta decir a los políticos), pero restringir el centro al tráfico no puede ser la medida estrella, sino la culminación de un verdadero plan que mejore, entre otras cosas, el transporte público al centro (el Metro, la única línea que hay, deja bastante lejos de lo que se considera centro; después tienes que coger un tranvía y volver a pagar; los autobuses son directamente un disparate, así que ni me molesto en criticarlos).
Como es lógico, el nuevo plan centra buena parte de las conversaciones y de las intervenciones de los políticos de la ciudad, y sobre él se ha pronunciado también el candidato socialista, Juan Espadas, que tiene toda la pinta de que se va a pegar una leche épica en las elecciones de mayo (por si alguien se pone quisquilloso, aclararé que yo no voto en Sevilla, así que me da bastante igual el tema), y quien dijo el mismo viernes al respecto que "El cierre del centro formará parte de la cotidianeidad". La perla que hoy traigo aquí tras esta larguísima introducción (difícilmente la entenderían sin ella quienes no viven aquí) es un comentario a dicha noticia, escrito bajo el seudónimo Darth Vader:
Para el Sr. Espadas de parte de Darth Vader: "No se ofusque con ese horror tecnológico que ha construido". Todo ese sistema a base de cacharritos enchufables y programitas diabólicos fallará y se convertirá en su pesadilla si llega a alcalde (Dios no lo quiera). Es cuestión de tiempo. Y, por cierto, el Muro de Berlín también fue algo cotidiano durante muchos años. Y también una pesadilla.
La comparación con el Muro de Berlín igual es un poco inapropiada (también lo es el uso que el citado Espadas hace del término "cotidianeidad"), pero comentarios cómo éste me hacen creer que aún existe esperanza para la especie humana, al menos para la subespecie comentaristas de diarios digitales.
Temas:
periodismo,
perlas del periodismo
viernes, 17 de diciembre de 2010
Filibusteros
[Nueva entrega de 'todo lo que sé de política estadounidense lo aprendí en 'The West Wing']
Cuando un hispanohablante se refiere a un filibustero normalmente piensa en un pirata. Pero si eres un angloparlante, especialmente si vives en Estados Unidos, la cosa se complica un poco, porque entonces, además de un pirata, puedes estar refiriéndote a un aventurero que no atiende otras órdenes que las que dictan su bolsillo y/o su ideología o a un miembro del Senado estadounidense, cuya normativa incluye como táctica parlamentaria algo llamado filibusterismo y que básicamente consiste en obstaculizar un debate o votación sobre un determinado asunto aburriendo a los presentes en la Cámara hasta que deciden suspender la sesión. Para ello, el filibustero debe tomar la palabra y no soltarla. Debe seguir hablando, sin detenerse ni sentarse en su escaño, hasta que los senadores decidan aplazar el debate, la votación o lo que sea que tengan entre manos. No importa lo que el filibustero diga. Puede leer la lista de la compra, un libro (ha pasado), un periódico o lo que se le ocurra. El caso es que ni se pare ni se siente.
Esto, que parece directamente sacado de una obra de ficción o de los vetustos anales del comienzo de la democracia estadounidense, ocurrió en el Senado de EEUU la semana pasada. Bernie Sanders, senador independiente por Vermont, mostraba así su rechazo al acuerdo sellado entre Obama y los republicanos para mantener las deducciones fiscales, instauradas por Bush, a los ciudadanos cuyos ingresos superan los 250.000 dólares al año.
Sanders, que estuvo hablando durante ocho horas y media (el récord lo tiene el senador Strom Thurmond, de Carolina del Sur, que en 1957 aguantó 24 horas y 18 minutos para posponer la votación de una ley de derechos civiles), no cree que lo suyo fuese una acción de filibusterismo: "Pueden llamar lo que estoy haciendo hoy como quieran. Pueden llamarlo filibusterismo. Pueden llamarlo un discurso muy largo", dijo Sanders. "No estoy aquí para batir ningún récord o para montar un espectáculo. Simplemente estoy aquí hoy para explicar lo mejor que pueda al pueblo americano que tenemos que conseguir un acuerdo mucho mejor que éste".
Pero de nada le sirvió a Sanders el esfuerzo, porque la votación se pospuso pero finalmente la ley salió adelante, aunque sí logró que se votase una enmienda (también perdió esa votación) que ha servido, junto a su puñetazo en la mesa, para que salte a la palestra el descontento de muchos demócratas (y de muchos que, como Sanders, votan con ellos sin serlo) con acuerdos que negocia el presidente Obama y de los que se enteran, como se suele decir, por la prensa. (Y de paso demuestra, como apunta este artículo, que los demócratas podrían haber obstaculizado, si hubieran querido, leyes aprobadas durante el mandato de Bush como, por ejemplo, las que tuvieron que ver con la invasión de Irak.)
También sirvió para que muchos ciudadanos, tanto de allí como de todo el mundo, se enterasen de qué es lo que el Senado estaba a punto de aprobar y de paso aprendieran algo que ya sabíamos los que adoramos The West Wing, porque la serie de Aaron Sorkin (a quienes hayan visto La red social: ¿nos os olía a puro Despacho Oval la conversación del decano -o lo que fuese- con los dos gemelos?) también tuvo su propio filibustero en el tramo final de la segunda temporada. La acción transcurría, como en el caso de Sanders, un viernes por la noche, cuando Howard Stackhouse, demócrata, toma la palabra para detener la votación de una ley sobre bienestar familiar en la que no había conseguido introducir una pequeña partida para centros dedicados al autismo.
El filibusterismo en cuestión les pilla a todos los inquilinos del Ala Oeste con las maletas en la puerta para ir a ver a sus respectivas familias, pero deben quedarse hasta que la votación termine. Mientras C. J., Josh y Sam escriben a sus padres y madres para contarles lo que está pasando (y a través de sus relatos es como Sorkin nos cuenta la historia), Donna averigua que lo que ha movido a Stackhouse a la rebelión es que tiene un nieto autista.
En uno de esos giros tan infrecuentes, por desgracia, en la vida cotidiana, los chicos del presidente trabajan para ganarse a otros senadores, también abuelos, para que le hagan larguísimas preguntas a Stackhouse para que el pobre hombre pueda descansar sin, técnicamente, dejar de ser un filibustero. Finalmente, Stackhouse tiene más éxito que Sanders y consigue incluir en la ley la partida para los centros de autistas. Pero como ya he dicho, las cosas no suelen terminar así en la vida real.
Cuando un hispanohablante se refiere a un filibustero normalmente piensa en un pirata. Pero si eres un angloparlante, especialmente si vives en Estados Unidos, la cosa se complica un poco, porque entonces, además de un pirata, puedes estar refiriéndote a un aventurero que no atiende otras órdenes que las que dictan su bolsillo y/o su ideología o a un miembro del Senado estadounidense, cuya normativa incluye como táctica parlamentaria algo llamado filibusterismo y que básicamente consiste en obstaculizar un debate o votación sobre un determinado asunto aburriendo a los presentes en la Cámara hasta que deciden suspender la sesión. Para ello, el filibustero debe tomar la palabra y no soltarla. Debe seguir hablando, sin detenerse ni sentarse en su escaño, hasta que los senadores decidan aplazar el debate, la votación o lo que sea que tengan entre manos. No importa lo que el filibustero diga. Puede leer la lista de la compra, un libro (ha pasado), un periódico o lo que se le ocurra. El caso es que ni se pare ni se siente.
Esto, que parece directamente sacado de una obra de ficción o de los vetustos anales del comienzo de la democracia estadounidense, ocurrió en el Senado de EEUU la semana pasada. Bernie Sanders, senador independiente por Vermont, mostraba así su rechazo al acuerdo sellado entre Obama y los republicanos para mantener las deducciones fiscales, instauradas por Bush, a los ciudadanos cuyos ingresos superan los 250.000 dólares al año.
Sanders, que estuvo hablando durante ocho horas y media (el récord lo tiene el senador Strom Thurmond, de Carolina del Sur, que en 1957 aguantó 24 horas y 18 minutos para posponer la votación de una ley de derechos civiles), no cree que lo suyo fuese una acción de filibusterismo: "Pueden llamar lo que estoy haciendo hoy como quieran. Pueden llamarlo filibusterismo. Pueden llamarlo un discurso muy largo", dijo Sanders. "No estoy aquí para batir ningún récord o para montar un espectáculo. Simplemente estoy aquí hoy para explicar lo mejor que pueda al pueblo americano que tenemos que conseguir un acuerdo mucho mejor que éste".
Pero de nada le sirvió a Sanders el esfuerzo, porque la votación se pospuso pero finalmente la ley salió adelante, aunque sí logró que se votase una enmienda (también perdió esa votación) que ha servido, junto a su puñetazo en la mesa, para que salte a la palestra el descontento de muchos demócratas (y de muchos que, como Sanders, votan con ellos sin serlo) con acuerdos que negocia el presidente Obama y de los que se enteran, como se suele decir, por la prensa. (Y de paso demuestra, como apunta este artículo, que los demócratas podrían haber obstaculizado, si hubieran querido, leyes aprobadas durante el mandato de Bush como, por ejemplo, las que tuvieron que ver con la invasión de Irak.)También sirvió para que muchos ciudadanos, tanto de allí como de todo el mundo, se enterasen de qué es lo que el Senado estaba a punto de aprobar y de paso aprendieran algo que ya sabíamos los que adoramos The West Wing, porque la serie de Aaron Sorkin (a quienes hayan visto La red social: ¿nos os olía a puro Despacho Oval la conversación del decano -o lo que fuese- con los dos gemelos?) también tuvo su propio filibustero en el tramo final de la segunda temporada. La acción transcurría, como en el caso de Sanders, un viernes por la noche, cuando Howard Stackhouse, demócrata, toma la palabra para detener la votación de una ley sobre bienestar familiar en la que no había conseguido introducir una pequeña partida para centros dedicados al autismo.
El filibusterismo en cuestión les pilla a todos los inquilinos del Ala Oeste con las maletas en la puerta para ir a ver a sus respectivas familias, pero deben quedarse hasta que la votación termine. Mientras C. J., Josh y Sam escriben a sus padres y madres para contarles lo que está pasando (y a través de sus relatos es como Sorkin nos cuenta la historia), Donna averigua que lo que ha movido a Stackhouse a la rebelión es que tiene un nieto autista.
En uno de esos giros tan infrecuentes, por desgracia, en la vida cotidiana, los chicos del presidente trabajan para ganarse a otros senadores, también abuelos, para que le hagan larguísimas preguntas a Stackhouse para que el pobre hombre pueda descansar sin, técnicamente, dejar de ser un filibustero. Finalmente, Stackhouse tiene más éxito que Sanders y consigue incluir en la ley la partida para los centros de autistas. Pero como ya he dicho, las cosas no suelen terminar así en la vida real.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Jane Austen en Google
Normalmente me toca las narices cada vez que salen en los medios noticias del tipo “Google homenajea a fulanito con una imagen suya en su página de inicio” (también me mosquea cuando se hace en donde yo trabajo, que conste), pero en ocasiones sí merece la pena dedicarle unas líneas, aunque dudo que a los medios (cada vez menos) serios les parezca esto noticioso (sería interesante saber cuántos de esos que trabajan en esos medios tan serios y tan profesionales saben siquiera quién es Jane Austen; lo de que se hayan leído algún libro ni me lo planteo...). Pero a mí sí. Hoy, la página de inicio de Google homenajea a Jane Austen, con esta imagen de Elizabeth Bennet y Mr. Darcy (a lo mejor son personajes de otra novela, pero para mí son ellos, y punto). Los que pasen por aquí de vez en cuando sabrán que mis Elizabeth y Darcy son estos otros dos, sobre todo él (esté o no vestido de Darcy), pero aun así tanto el homenaje como el dibujo me han parecido simpáticos.
PD: El invitado de invierno prefiere a esta otra Elizabeth Bennet. No discutiré con él ese punto.
PD: El invitado de invierno prefiere a esta otra Elizabeth Bennet. No discutiré con él ese punto.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Pequeñas victorias
Gracias a Sam Perkins por el meneo y a Luis Rull (él sabe por qué). Sigo perdiendo la guerra, pero de vez en cuando gano alguna batalla. El post en cuestión es este y, como su título indica, habla de los cables de Wikileaks sobre la ley Sinde. Fue escrito antes de que El País se decidiese a publicarlos, y brevemente actualizado cuando al fin se animó a hacerlo... de aquella manera.
Temas:
internet,
periodismo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





