martes, 7 de junio de 2011

La 'comodidad' y el trabajo de los demás

El otro día terminé un tutorial sobre Blogger que he estado publicando en Redes y Cacharros, y compartí en Twitter el enlace a la última entrega:










Poco después recibí esta respuesta de un tipo al que no conozco (empezó a seguirme en mi cuenta pública y, por cortesía, le devolví el seguimiento), con el que sólo he hablado directamente en alguna contada ocasión (para responderle a un texto que escribió criticando a los acampados porque iban cambiando de etiqueta en Twitter (los advenedizos que dicen hashtag como si Twitter no existiesen antes de que ellos llegasen merecen morir, al menos virtualmente) cada dos por tres (tuve que explicarle que es una táctica motivada por los cambios en el algoritmo de Twitter tras el efecto Justin Bieber -por supuesto, pese a ir de experto (otro), nada sabía, ni sabe, ni de Justin Bieber, ni de su efecto, ni de algoritmos. Ignorance is bliss-) y al que dejé de seguir cuando la noche del 22-M soltó una estupidez del calibre: "Pido solemnemente a todos los que me sigan y que hayan votado a Sandokán -Rafael Gómez, un tipo de Córdoba; es una larga historia- que dejen de hacerlo". Yo ni siquiera voto en Córdoba, pero tonterías las justas.

Decía que me respondió:










Como no quería lanzarme a la piscina y acusarle de pretender aprovecharse de mi trabajo sin tenerlo claro (lo de "programar" Blogger es para desfollowearlo -si no lo hubiera hecho ya, claro-), le pregunté:










Y sí, era lo que me temía:










Y entonces se inició algo parecido a una conversación que casi ni merece que la ponga aquí, pero bueno, también me sirve para desahogarme...














(Aunque, obviamente, no me hace ninguna ilusión que un tipo copie y pegue el resultado de mi esfuerzo y lo utilice como propio; imagino que los tutoriales que estoy haciendo se prestan a inspirar a según que individuos, pero que encima te lo digan en tu cara es de tener muy poca vergüenza)











¡Bravo! Su última frase (porque a eso ya ni respondí) es demoledora. Estuve a punto de volver a seguirle sólo para darme el gustazo de dejar de hacerlo, y dando un portazo, pero al final me quedé con las ganas. Probablemente no lo hubiera entendido (tampoco). Por cierto, que un curso de este tipo tiene que ser para verlo. Seguro que, además, está la mar de bien pagado. Asco de vida...

miércoles, 1 de junio de 2011

Mini-reseñas de pelis: 'La caída de la casa Usher'

El joven Philip Winthrop (Mark Damon) viaja desde Boston hasta la mansión en la que viven su amada, Madeline Usher (Myrna Fahey), y el hermano de esta, Roderick Usher (Vincent Price). Y lo hace para cumplir con el sueño que ambos atesoran: casarse, tener unos cuantos hijos y ser felices, algo sencillo. No sospecha que un terrible mal rodea tanto a la centenaria familia Usher como a la siniestra mansión que habitan, traída piedra a piedra de Inglaterra y asentada en el centro de unos campos antaño fértiles y ahora yermos sin explicación aparente. Pero, poco a poco, el terror se irá desgranando ante sus horrorizados ojos y acabará por descubrirse la terrible verdad de la maldición de los Usher.

El inquietante dúo que forman el director y productor Roger Corman y su actor fetiche Vincent Price se une de nuevo en esta película de 1960 para dibujar una historia, basada en la obra homónima de Edgar Allan Poe, en la que brillan por su omnipresencia la atmósfera opresiva y la constante percepción de fatalismo. Se tiene la certeza de que todo va mal, de que algo terrible va a ocurrir en cualquier momento, algo que hace aparecer una sensación de profundo desasosiego durante todo el metraje.

La metáfora de la inamovible condición humana, en sus virtudes y, sobre todo, en sus más oscuros defectos y perversiones, es narrada de forma hermosa a la par que terrible: la enorme y fría mansión que se derrumba, la muerte que asola los campos a su alrededor, la ineludible caída de toda una estirpe y lo inevitable del destino conforman la distopía perfecta. El inconfundible estilo narrativo y visual de Corman alcanza unas cotas de contención ausentes en otros títulos de su filmografía, con la justa presencia de los conocidos juegos de distorsión de la imagen y coloridos efectos visuales típicos del subgénero de terror gótico de Serie B. En esta línea, Vincent Price demuestra que también sabe controlar al encantador histrión que tan habitualmente está en su repertorio y hace todo un ejercicio de sobriedad gestual, al menos en comparación con otras de sus actuaciones. Una inquietante combinación para una cinta perturbadora.